junio 30, 2013

La gravedad de lo grave

Juan Salazar Rebolledo

The_Skating_Minister

Dicen que, sin importar si uno dedica horas de sol y de sombra al gimnasio o si pasa el mismo tiempo sentado en una banca alrededor del quiosco local devorando fritangas, una fuerza otorgada por el mismísimo universo habita dentro, que por más esfuerzo o explotación que se le aplique, resulta inagotable; o al menos eso es lo que a Álvaro Victrix le dijeron una vez, y que creyó repetir hasta el último de sus días. Para Álvaro, no había nada como la gravedad.

Cuando era tan solo un niño, la dilapidaba en cada oportunidad que se le presentaba. Los patos de hule, los osos de peluche, los soldaditos boinas verdes y los ya tardíos videojuegos, fueron todos, objeto de la explotación gravitacional de Álvaro, por entonces conocido como Alvarito. El agua de la tina (aunque en realidad nunca era la misma, porque corría como río, huyendo de, o hacia, la gravedad) ya temía, por los rumores que se escuchaban en las tuberías acerca de las enérgicas colisiones semi-inelásticas, que el pequeño niño de brazos gordos le propinaba a la que cumpliera el turno en cada sesión de baño.

Los patos de hule ya no sonreían con esa irónica y pícara mueca que los caracterizaba al salir del celofán en que llegaban a la casa, el agua que en algún momento era objeto del impacto de su amarillento emplumado los iba poblando, poco a poco, por dentro, llenándolos de una lastimera gravedad que, al acumularse en exceso, se filtraba por un pequeño agujerito en sus ojos ovalados que borraba pestañas, pupilas y miradas; los osos de peluche conocían el rigor de las banquetas al salir, cual muñeco suicida, con un salto por la ventana; los soldaditos de plásticos soñaban cada noche con un paraíso llamado Vietnam, donde decían que la gravedad se llamaba, más bien, napalm; y los videojuegos de Alvarito jamás comprendieron su verdadera vocación, ellos nunca tuvieron consola ni consuelo, sólo sabían de rebotes en el suelo.

Alvarito creció y se convirtió en el engreído adolescente Alvarock, una escena de su vida que él jamás narró públicamente y que, incluso, negó en repetidas ocasiones, por lo que sólo pudo conocerse tras una larga pesquisa en cada archivo musical de la estación de mal gusto de su pueblo natal Santa Caída, así como una angustiosa entrevista con su envejecida madre, que en un ataque de amnesia selectiva, contó todo al afamado cronista de apellido Cardenal, en los años 80. Aquí un fragmento de las extensísimas y lentas palabras de Doña Falachi de Victrix:

Un día todas las muchachitas del pueblo empezaron a silbar una tonadita odiosa [Falachi silba y escupe unas notas sin ton ni son, después se levanta de la nonagenaria mecedora desde la que ha estado hablando durante las últimas dos horas y media, que cruje como si estuviera a punto de desquebrajarse y caer al suelo (en un ataque de gravedad, tan frecuentes en las sillas que han alcanzado esta edad) y se dirige al piano, donde parece oprimir teclas al azar, buscando persuadirnos de lo espantoso de la tonada. Regresa a su silla, que emite, nuevamente, un sonido muy similar al llanto], yo sabía que Álvaro llevaba como dos semanas tocando una guitarra que su abuelo Balmonti había robado de un aparador en la ciudad, pero no sabía que ya se dedicaba a llevar serenatas, siempre con la misma pinche canción, que decía que era la que mejor se sabía porque él la había compuesto. La verdad es que lo único que hacía era poner sus dedos encima de la primera cuerda y dejarlos caer con todas sus fuerzas, pisaba tan fuerte que siempre terminaba despostillándola. Pero, quién se iba a dar cuenta de si era bueno o malo, si en este pueblo nadie antes había escuchado mas que la tambora del “Jarri el sonidero” (sic) [La señora señala un poster autografiado del rostro de un hombre que sonríe sin dientes y parece guiñar el ojo derecho (después se nos dijo que perdió el ojo a los 40 años en una pelea porque alguien descalificó su música). La firma dice: “Para mi amor, Falachi. De Jarri el sonidero. Un beso cantadito”. No quisimos investigar más]. Comparado con eso, la canción de Álvaro “Déjame caerte”, era lo mejor que le había pasado al rancho este desde que llegó el primer caballo a trotar y a cagarse en cada esquina de las 4 que mide este lugar. Ya después a mi Álvaro le dio por decir que se llamaba Alvarock y a sentirse de otro lado, entonces, después de cada serenata dejaba caer la guitarra desde la ventana de la morra en cuestión. Un día ya no la pudo arreglar. Bendito el día en que la gravedad le calló la boca y las manos.

Cabe mencionarse que Doña Falachi de Victrix, según las ancianas del pueblo, ha sido siempre bastante mentirosa y le ha tenido mala fe a su hijo desde que rompió la guitarra del abuelo. Esto pudo corroborarse, tras escuchar las cintas de la estación de radio local, que, en realidad, jamás difundieron al tal “Jarri el sonidero” (que, más bien, se trata de uno de los amores de juventud de la señora de Victrix, a quien también le guarda cierto rencor, al parecer): la canción de Alvarock está fuertemente influenciada, según la presentación de la estación, por el Bolero de Ravel por un lado y la canción “Adiós mamá Carlota”, por el otro. A nosotros nos parece, más bien, una tonada precursora del reggaetón, que nada tiene que ver con lo que su madre nos contó, pero que, en efecto, causa pavor.

Alvarock creció y se asumió, finalmente, como Álvaro. Cambió de corte de cabello y colgó los pantalones cholos en el primer cable de fibra óptica que se tiró en la, ahora, Ciudad de Santa Caída,  con ello se fue. En alguna ciudad aprendió a ser burócrata, aunque no sabía escribir, era buenísimo engrapando. Para él, la engrapadora era la culminación del aprovechamiento de la gravedad, al menos hasta ese momento; porque después, como buen emprendedor, decidió montar un expendio de esa fuerza espacial. Dejó caer volantes por toda la ciudad, que sus antiguos jefes ya comenzaban a llamar Gravitas, en un pedante intento de darse importancia. Un día, el alcalde Sartenón despertó con el auto lleno de gravedad; coincidentemente encontró el volante de Álvaro Victrix, que ofrecía “combatir la gravedad con gravedad”. Los negocios comenzaron y obras de inmensa gravedad le fueron asignadas. Desgraciadamente, nunca se escuchó de un fraude de mayor gravedad, por lo que Álvaro pasó de burócrata a vendedor a concesionario y, finalmente, a fugitivo. Regresó a su pueblo convertido en ciudad, donde volvió a negar al cholo que colgaba de la fibra óptica.

Aunque nunca se cambió el nombre, por sus harapos que siempre le colgaron, el resto de los vagabundos de su lugar natal  comenzó a llamarlo: “El caídas” o “El arrastre”. La gravedad fue llenándolo más y más, encorvándolo y haciendo que no sólo su ropa sino hasta su propio rostro, intentara llenarse de esa fuerza, como todo lo que él tuvo en sus manos en algún momento.

Supo, entonces, que la gravedad ya era mayoría. Lo grave es lo que pasó después.

Para Álvaro se acabó la gravedad. Lo supo cuando se descubrió con las arrugas apuntando al cielo,  las hojas del árbol a sus pies pegadas por todo el cuerpo y alguien esculcando los bolsillos, tan sólo llenos de suciedad, de un cuerpo inerte a punto de ser depositado en las garras de la última de sus gravedades.

Ese día fue, para el señor Victrix, el último derroche de gravedad. Pero, nosotros no podemos saber qué pasó con él, sino lo que quedó asentado en el semanario local de Santa Caída, que ese día descubrió su vocación por el color rojo y amarillo, el “Engarróteseme’ai”: “Álvaro Victrix, el estafador del sexenio de Sartenón, regresó a su pueblo a arrugarse y meterse profundo”.

El 30 de junio del 2003, fue el día en que Álvaro Victrix se acabó la gravedad, el “Engarróteseme’ai” se consagró como el más vendido semanario de prensa roja y un vagabundo de apodo “El Cheerios” comió cereal por primera vez. Hoy, a una década de los sucesos, los recordamos echados en una cama, gravitando.

Juan Salazar Rebolledo
Estudiante de Historia en la UNAM
@donjuanesh

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