mayo 28, 2013

Desempolvando conjuros

Presidencialismo

El 17 de marzo el periódico Reforma ilustró a sus lectores con un documento intitulado “El viejo PRI contra el nuevo siglo”. De una tradición similar a la de otros ‘opinólogos’, el autor nos desvela la realidad del país en una nuez. La idea central: el presidente en México es todopoderoso. Hace mucho tiempo los análisis políticos en México se hicieron eco de esa misma idea. Pretendidamente plausible, varios la retomaron sin detenerse a pensar que no era, ni por asomo, cercana a la realidad, pues tenía más de literatura que de fortaleza explicativa.

La sustancia para ese tipo de argumento la extrajo Enrique Krauze, el autor del más representativo de los best-sellers que abanderaron la hipótesis, de los textos de la última etapa de la vida de Daniel Cosío Villegas. Sin embargo, Cosío nunca fue ajeno a que la vida real era mucho menos simple. La idea con la cual hoy existe consenso es la que dice que, en efecto, en el viejo régimen el presidente se convirtió en un sujeto poderoso, en la pieza más fuerte del sistema político mexicano, pero a causa de lo que Jorge Carpizo llamó “facultades metaconstitucionales” que, después de El presidencialismo mexicano (México, Siglo XXI, 1978), cualquiera sabe a qué se refieren.

Así, las facultades del presidente tienen que ver con dos vertientes: la constitucional y la no constitucional —o metaconstitucional, para tomar el término de Carpizo. En el ámbito constitucional, como resumía el mismo 17 de marzo en el mismo periódico Juan Pardinas: durante los años del PAN en la presidencia la queja sempiterna fue que el país adolecía de una presidencia que no podía tomar decisiones. Lo mismo señalaban, hace varios años, John Carey y Matthew Shugart en su libro Presidents and Assemblies (Cambridge, CUP, 1992, pp. 154-157): el diseño constitucional mexicano, más allá del uso extralimitado del lenguaje en favor del “Supremo Poder Ejecutivo”, no le otorgó al presidente poderes exagerados. Y, para mostrarlo, introdujeron a México en un diseño de investigación comparado en el cual el presidencialismo mexicano resultó bastante normal después de todo. Pues, en términos de facultades legislativas, el presidencialismo mexicano no tenía —ni tiene— demasiadas, aun cuando ya se ha introducido la iniciativa preferente.

De manera que la figura presidencial todopoderosa que conocimos en el antiguo régimen estaba fundada en un partido y en un aparato que, en mayor medida, no era parte de la estructura legal del sistema político. Más bien estaba basado en comportamientos políticos tradicionales —como casi todo en la historia política del país desde que existe. Para explicar la complejidad del asunto, se ha señalado, usualmente fue más cómodo ofrecer narrativas que hacían al presidente un semidiós, o un emperador —para recordar el título del famoso libro de Krauze que, por cierto, ridiculizó pícaramente Manuel López Gallo.

Y ahora, para mostrar la validez de esa hipótesis rescatada del olvido, hay quienes arguyen que nadie sabe recitar más de un nombre de un presidente del PRI —de 1946 a 2000. Por supuesto, para probar la premisa es suficiente dejarla caer en un campo de ignorantes. A ello hay que sumar una premisa secundaria en boga: el presidente, en el artículo 33 constitucional tiene poder sobre la vida de las personas. Y claro, es mucho menos atrayente la respuesta lógica: ¿en qué repercute la facultad que tiene el Ejecutivo en el 33 en la relación que establece con los otros dos poderes de la Unión y con las entidades federativas? Sencilla la respuesta: en nada.

Pero, volvamos al esclarecedor editorial. Dice nuestro autor que “la intención de nombrar a Peña coordinador de la Comisión Política Permanente del PRI transforma al partido en una herramienta más del grupo en el poder”. Una verdad como un templo. Sólo para insistir: la fortaleza del presidencialismo en el período priista anterior tuvo que ver con un aparato político del cual el partido era esqueleto. Es natural que, en esta nueva época, los priistas busquen adaptar ese esqueleto a las circunstancias y llevar al presidente a sus órganos de deliberación, cosa que antes nunca sucedió formalmente. Hasta ése es un signo de que las cosas no son las mismas y de que el fatalismo de nuestro autor no tiene demasiada razón de ser. Antes no hacía falta que el presidente fuera, de derecho, parte de las instancias de toma de decisiones del partido, porque la dinámica de éste giraba en torno de la figura presidencial y porque las instancias decisoras del partido eran más bien escenografía. Los gobernadores estaban ausentes también, ahora no. El Partido Revolucionario Institucional es otro totalmente, quizás no bien definido con el discurso de un “nuevo” PRI, pero ha cambiado. Su circunstancia es otra. Y así la del sistema político mexicano, y la de las instituciones garantes de la democracia y la transparencia, y la de los gobiernos locales.

México es un país distinto y eso en el PRI lo saben —y parecen haberlo asimilado mejor de lo que el resto de los partidos. El antiguo régimen no podrá rehacerse, están enterados de eso. El reciente congreso nacional priista demostró que lo que están haciendo es construir uno nuevo, no restaurar el anterior. Quizás la regla autoritaria subyace a todo eso —no lo sabemos—, pero, si sí, tendrá que esperar bastante para reinstalarse, pues ya no ejerce el poder en soledad. Y, según don Jesús Reyes Heroles, era ése el mejor de los escenarios posibles para el partido de la Revolución.

Dice nuestro autor que el IFE y el IFAI han sido objeto de los ataques de una proverbial “aplanadora legislativa” que integran el PRI, el PVEM y el Panal, “para nombrar consejeros y comisionados a modo”. Lo relevante del punto es que eso, al menos hasta la fecha, no ha sucedido. No quiere decir que ambas instituciones no estén en la mira de esa “aplanadora”, pero, por lo pronto, comisionados y consejeros siguen en sus sitios. Y, si el año pasado se nombró a tres consejeros, no fue por decisión de la “aplanadora”, sino como un acuerdo de los tres partidos mayoritarios en la Cámara baja, cada uno de los cuales apadrinó a un consejero. El autor también le achaca al exconsejero Sergio García Ramírez una “relación financiera” con la campaña de Peña Nieto. Hasta donde es posible llevar atrás la memoria, la prensa nunca nos alertó de eso. Lo que sí, desde su nombramiento, ni siquiera tuvo que recordar la prensa, fue que don Sergio García Ramírez fue prominente miembro del PRI e integrante de dos gabinetes federales priistas. Entonces pues, si alguna actitud propriista tuvo en el IFE, no tiene por qué llamar a extrañeza.

Otra cosa que se ha dicho últimamente, a causa de las relaciones familiares de Rosario Robles y Humberto Benítez Treviño, es que el nepotismo y el tráfico de influencias han vuelto para quedarse. La realidad es, en este caso, bastante más cruel y complicada de lo pensado: esos vicios no han vuelto, más bien nunca se fueron. Y en la moral pública del país están tan enraizados que no es posible extenderles carta de naturaleza en algún partido político. Lo que sí es claro es que esos y otros vicios proliferaron en la hechura del sistema político mexicano posterior a la Revolución, como herencia de los años efervescentes de ésta. Y eso no debe extrañar, pues el período revolucionario ha sido el evento constitutivo del sistema político. Como botones de muestra: existen tres partidos importantes en el ámbito nacional. El primero de ellos reivindica la herencia directa de la Revolución, el segundo de ellos reivindica la ‘verdadera’ herencia de la Revolución —democrática— y el tercero de ellos surgió como respuesta a todos los cánceres políticos que significaba la Revolución —desde 1939. Así, en tanto abrevando en la misma fuente, esas instituciones no podían —y de hecho lo hacen— más que replicar vicios, virtudes y comportamientos tradicionales. Eso sí, algunos haciéndolo con más destreza que otros.

Volvamos sobre nuestro autor: quiere que se siga hablando de política en la mesa para que no triunfen las “fuerzas hegemónicas”. El hecho es que no hay esas fuerzas —o su naturaleza no podría definirse con la gravedad del adjetivo—, y, si hubiera, muy seguramente no se ocuparían de los temas de la sobremesa. En el final del artículo el mismo autor dice que los que quieren restaurar el viejo autoritarismo pueden perder la batalla contra el siglo XXI. Y algo lleva de razón. Nomás que no se detiene en que nadie quiere restaurar el viejo autoritarismo. Acaso lo que algunos pretendan sea instalar una nueva regla autoritaria, pero nunca una vieja, porque esa idea de que perderán la batalla ya la conocen. Sucede que el PRI no está luchando contra el nuevo siglo, lo está usando a su favor. Está aprovechando las nuevas condiciones para extenderse hasta donde pueda. El “viejo” PRI —que ya no existe, pues se ha amoldado a la realidad actual— no puede perder la batalla contra el siglo XXI, simplemente porque no la va a dar. A veces se olvida que conocen el sistema político. No sólo lo conocen, lo inventaron. Y también a veces se olvida que no pueden intentar regresar, puesto que nunca se han ido.

En ese orden de cosas, no extraña que el presidente vuelva a ocupar un sitio preponderante en el partido, ahora sí de forma institucional. Lo que está sucediendo, y que no debería llamar a asombro, es que el PRI está encontrando lo que aparezca de lo perdido. Para tranquilizar al autor, hay que señalar que las circunstancias no son las mismas, la sociedad no es la misma, el contexto institucional no es el mismo, ni el partido, ni los gobernadores, son los mismos y existe un pluralismo político que es imposible que el PRI, por muchas ansias que tenga, eche abajo. Claro, los riesgos de vuelta atrás existen, siempre existirán, pero, por ahora, parecen no estar a la mano.

Y como ya nada es igual, la explicación reduccionista del presidente-emperador que tan de moda estuvo hace veinte años, ya de por sí débil en aquellos días, no debería poder usarse hogaño, pues entraña el riesgo de hacer parecer perezoso y demodé a quien la enuncie como si hilo negro.

Además de todo eso, lo que apremia es hacer a un lado la exageración. Es importante asimilar lo que pasa en el PRI, dentro de él, sin sumarle interpretaciones sobredimensionadas a la relevancia del asunto. Ése debería ser el más urgente de los objetivos de aquellos a quienes no les parece bien el PRI en la presidencia, pues sólo conociendo el problema en su justa dimensión es posible avizorar soluciones. Aunque claro, a veces es necesario primero convencer de lo trágico de la enfermedad, para que el remedio pretendido parezca hechura de la providencia.

Jaime Hernández Colorado

Asistente de investigación en El Colegio de México

 

Un comentario a “Desempolvando conjuros”


  1. Linares

    Entiendo su punto pero no lo explica bien, o su estilo no le ayuda por poco aseado. Quizá pueda aprender de la prosa de Daniel Cosió Villegas y Enrique Krauze , maestros de estilo literario.

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