marzo 23, 2013

Colosio: Desechemos el mito, conservemos la sustancia

El 23 de marzo del año en curso se conmemorará el décimo noveno aniversario luctuoso de Luis Donaldo Colosio Murrieta, por lo que creo pertinente honrar su memoria dejando atrás el mito alrededor de su imagen y legado.

Esta exaltación a su figura, que si bien ha generado un eficaz instrumento de propaganda al Revolucionario Institucional, ha viciado la imagen de quien iba a ser el sexagésimo tercero Presidente de México. La mayoría de nosotros, obviamente, no conocimos personalmente a Luis Donaldo, por lo que la percepción que la gran parte de los mexicanos tienen de él y de su supuesta estatura moral y gen reformista, está basada exclusivamente en las opiniones sesgadas de otras personas, de los medios de comunicación y del propio PRI. Dicho de otra manera, no sabemos qué tan bueno o malo era realmente; los únicos referentes que tenemos son testimonios y anécdotas de personas que fueron cercanas a él, por lo que muy probablemente los juicios que emiten son tendenciosos en algún sentido. En lo personal, me parece increíble escuchar a gente que se refiere a Luis Donaldo como “el único priísta democrático y republicano”, cuando realmente no tiene elementos objetivos para referirse a él de esa manera.

Por otro lado, comprendo la importancia y la necesidad de tener figuras propagandísticas e historias idealizadas para generar cohesión en un grupo. Se trata de mercadotecnia pura. La historia “oficial” que enseña la SEP, por ejemplo, intenta generar una identidad nacionalista. Esta tiene que ser “digerible” para que los niños mexicanos absorban el mensaje positivo en torno a estas figuras y acontecimientos. Pero en el caso de Luis Donaldo y la percepción generalizada de la gente, creada por su “martirización”, nubla lo realmente importante del mensaje Colosista: La autocrítica.

Al remitirnos a su famoso discurso en el Monumento a la Revolución del 6 de marzo de 1994 (por lo que mucha gente cree que fue asesinado), se puede explicar de manera más clara mi punto aquí expuesto.

En el discurso, Luis Donaldo habla de (y reconoce) un México “de comunidades indígenas, que no pueden esperar más a las exigencias de justicia, de dignidad y de progreso”; de un México en donde “los campesinos…aún no tienen las respuestas que merecen”, en un campo “empobrecido, endeudado”; de un México en el que las “mujeres…aún no cuentan con las oportunidades que les pertenecen”. Habla de un país “de trabajadores que no encuentran los empleos ni los salarios que demandan”, y de cómo veía a “jóvenes que enfrentan todos los días la difícil realidad de la falta de empleo…jóvenes que muchas veces se ven orillados a la delincuencia, a la drogadicción”.

Aunque la autocrítica al régimen en el discurso de Luis Donaldo no haya sido necesariamente objetiva y/o sincera, y aun cuando ésta pudo haberse dado deliberadamente por un simple distanciamiento personal entre el Presidente Salinas y él (Colosio no mencionó el nombre de Salinas en todo el discurso), reconocerla es honrar su verdadera aportación a la política mexicana. Por primera vez en 42 años (desde que Ruiz Cortines criticó abiertamente durante su toma de posesión, la administración de Alemán), un “heredero de la Revolución Mexicana” reconocía a todas luces, y de cara al Gobierno saliente, que México era un país de pobreza e injusticia, en el que los Gobiernos postrevolucionarios, con sus excepciones, le habían quedado a deber a los mexicanos. Aquel discurso no se trataba de una apología al Nacionalismo Revolucionario como la que todos sus antecesores, los candidatos del PRI a la Presidencia de la República, hacían cada 6 años, sino del reconocimiento de la necesidad de una “reforma interna del PRI” porque “la sociedad mexicana ha cambiado y…demanda en consecuencia un cambio en las prácticas políticas”.

Un error que cometen la mayoría de los Gobiernos, más por orgullosos que por distraídos, es no hablarles de frente a la ciudadanía, no reconocer deudas o errores evidentes. Todo Gobierno que se considere democrático necesita un mínimo de autocrítica para legitimar sus acciones, porque no hacerlo genera desconfianza de parte de la sociedad. ¿Confiarían más en un Gobierno que reconociera un error, para que en base a esto, reorientara aquella política pública deficiente? Yo sí. Si bien ningún Gobierno en su sano juicio reconocería todos sus errores, hacerlo siquiera mínimamente, es reconocer y respetar la inteligencia y opinión de su gente. Visto de esta manera, la autocrítica en los Gobiernos es una forma de incentivar de la rendición de cuentas. Tengo la esperanza de que el PRI y el Gobierno de Enrique Peña retomen verdaderamente a Colosio, y  respeten un mínimo de autocrítica.

La verdad es que, en el fondo, nos gusta creer que Colosio representaba un cambio ético verdadero, aunque no tengamos un ningún elemento objetivo que así lo demuestre. El símbolo de Colosio es tan puro, tan impoluto, que hasta cierto punto, lo extrañamos. Es raro, extrañar a alguien sin saber las implicaciones, acciones o circunstancias que lo llevaron a la antesala de la Presidencia mexicana. Tal vez sea porque las historias de esperanza se venden bien, ¿o será porque nos urge una desde entonces?

Alonso Tamez Velez. @AlonsoTamez

Estudiante de Mercadotecnia en la Universidad Iberoamericana, Campus Ciudad de México.

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