enero 8, 2013

Escribir a la carrera

A mi musa, a la sombra de la Luna

La temblorosa caligrafía de su agitada mano, que escribía con la misma prisa con la que un pie adelantaba al otro, le hizo pensar si alguien realmente sería capaz de descifrar lo que sea que estuviera escribiendo.

La escritura a la carrera era una de las más frescas y recientes ideas de Abelardo Villanueva, que tras largos periodos de falta de inspiración, se le planteaba como la posibilidad de un giro a su carrera. Había intentado de todo para poder entablar algún tipo de narración que superara las dos líneas iniciales, tras las que se distraía y optaba por lanzarlas, hechas bolita, por la ventana.

En una ocasión llenó su casa con jarrones asiáticos, los cuales rodeaba con diversas frutas e intentaba reproducir de la forma más verosímil posible en cada uno de sus detalles. El efecto fue la solución a no poder superar las dos primeras líneas, cada pequeño trazo en la cerámica representaba para él un esfuerzo de páginas y páginas de palabras que se encadenaban más como sinónimos en un diccionario especializado que como frases construyendo descripciones. Su destino fue el mismo, la transfiguración de las palabras en una esfera imperfecta, arrojada hacia un suelo lejano, desde su ventana en el cuarto piso.

Durante uno de sus viajes llegó a Haití o a Nueva Orleans, ni siquiera él mismo podía recordar a cuál de los dos o si era cualquier otro sitio, ya que todas las aventuras de este tipo le sucedían más como una casualidad que como resultado de una meticulosa planeación turística. Mientras hurgaba en el mercado de pulgas, en busca de un atuendo menos llamativo y caluroso que su típico traje de tweed verde, se encontró con una bruja que juró saberlo todo acerca de él. Recurriendo a las más oscuras artes adivinatorias supo que era extranjero (su explicación recurría a que el color del aura que despedía no incluía tonos tornasolados, sino que estaba contaminada con el smog de un típico citadino; algunos pensamos que lo dedujo de su inadecuada vestimenta, pero la bruja es ella); para establecer mayores precisiones, la bruja le pidió una fotografía, él le entregó la única que tenía, la de su pasaporte, y mágicamente, con los ojos cerrados ella adivinó su edad, estatura, peso, color de ojos, tipo de sangre, costumbres nocturnas (él no se atrevió a refutar ninguna de estas últimas, más por pudor que por una verdadera convicción de fe en la adivinación) y algunos otros asuntos, que con el paso del tiempo y la repetición de la anécdota fueron olvidándose o perdiendo sentido. Al final de todo esto, ella sugirió que él era un profesor de matemáticas retirado, con lo que Abelardo se sintió ofendido, pero la intriga le hizo negarlo en lugar de dar media vuelta y seguir tratando de conseguir unas bermudas. Tras repasar todas las carreras que podrían aparecer en una guía universitaria de ingreso a alguna universidad pública y gratuita, la bruja dijo, ya casi decepcionada de sí misma: “escritor”. Él, que parecía más en trance que ella, lo festejó con una alegría y sorpresa que hubiera convencido a cualquiera de que esta mujer era capaz de establecer contacto con el mismísimo Satanás.

La bruja le ofreció un tratamiento entero tras saber de su bloqueo creativo, que incluía ungüento de mosquitos momificados y un manual de aullidos a la luz de luna, entre algunos otros rituales para mejorar la fluidez vocal y literaria. Él sintió una iluminación absoluta cuando escuchó el bajísimo precio, pero el sentimiento desapareció cuando se dio cuenta de que no tenía ni un solo centavo de la moneda local, única divisa aceptada por la conjuradora.

Como nunca había tenido un cliente tan entusiasta, la bruja decidió establecer con él un intercambio, Abelardo sacó del interior de su saco, un pequeño ejemplar de su más reciente compendio de cuentos Gris pastizal, que ella recibió con una mueca muy parecida a una sonrisa, aunque en realidad sólo sabía leer en el idioma que ella misma había inventado para sus conjuros: una lengua sincera que cada día podía significar algo distinto, dependiendo de lo que quisiera decir, sin ocuparse de caligrafías especializadas, reglas gramaticales o recursos retóricos que pudieran enmascarar sus palabras. Nunca le hizo falta ningún otro.

Abelardo Villanueva realizó los rituales al pie de la letra que él había traducido en aquél día, aún sin haber podido aprender ese imposible idioma, durante una larga charla con una bruja que parecía comprometida con hacerle a él incrementar su fe a base de meticulosas explicaciones dramatizadas, aún a sabiendas de que ella no obtendría a cambio más que el pequeño ejemplar que quizá serviría como calzador para su desvencijada mesa. Abelardo nunca la volvió a ver, pero desde entonces, no pasa una noche sin que suba a la azotea del sitio en donde se encuentre (aún si está en movimiento, como aquella trágica y venturosa ocasión en que sobrevivió a una caída desde el techo de un tren con destino a Krakovia, que lo hizo tan popular y leído de un lado de la Cortina de Hierro, con esa bella traducción al alemán de su obra Die Nacht des Voodoo) para aullar humanamente con todas las variaciones que la inspiración artística pudiera exigirle.

La efectividad o charlatanería del conjuro nunca fue algo que le perturbara, ya que sentía que lo asumía más como un agradecimiento a la cordialidad de aquella casualidad convertida en mujer-bruja que como un proceso que lo hiciera escribir más prolijamente. Disfrutaba aullar y mientras más fuerte, mejor.

A pesar de este recurso, nunca dejó de buscar y explorar nuevos horizontes creativos. Por ejemplo, la escritura a la carrera le proporcionó varias satisfacciones. Las imágenes en movimiento suelen tener características que sólo pueden equipararse a aquellas que suceden cuando los labios de la dama esperada se juntan con los propios o el mundo de uno se junta con el de ella. A Villanueva le pasó una vez, y desde entonces…

No hubo más escritura a la carrera, aunque corrió como nunca al instalarse con ella en el ensueño de un conjuro nocturno, que cada noche le hace escribir, en las curvas de su espalda, garigoleos de un idioma que guarda hermosas similitudes con sus propios aullidos a la luz u oscuridad de la Luna y que comparten la espontaneidad del idioma íntimo y personal que aquella hechicera le mostró alguna vez, en algún lugar, por algún motivo.

La inspiración tiene forma de mujer a la sombra de la Luna.

Juan Salazar Rebolledo
Estudiante de Historia en la UNAM
@donjuanesh

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