noviembre 27, 2012

Juicios que todos entiendan

 

Estrasburgo, FRANCIA. Para muchos, cuando escuchan hablar de un abogado se les viene una imagen a la cabeza. En el caso mexicano no es raro que la imagen sea “de película” (casi siempre de un sistema de derecho anglosajón). Un juez con toga, el jurado popular, el acusado en el banquillo, y el abogado dando un discurso genial. Mientras que la realidad es bien diferente.

Las cortes, muchas veces imaginadas como grandes espacios de madera con bancas o gradas para el público, suelen ser cuartos feos, llenos de papeles y expedientes; estéticamente terribles; edificios viejos o mal cuidados. En cuanto al desarrollo del juicio, casi todo es escrito; las pocas partes en teoría orales; las que se planearon para tener esos discursos elocuentes de abogados en defensa de sus clientes, son en la práctica intervenciones muy cuadradas y aburridas, como si se estuviera leyendo un discurso con palabras muy raras, formales y viejas. Poca espontaneidad. Casi nada de improvisación. Y para colmo, es normal que los alegatos (esos últimos argumentos que cada abogado hace frente al juez antes de que dicte la sentencia) se entreguen por escrito. La sentencia también llega por escrito en documentos casi siempre demasiado largos y tediosos.

Hace poco visité las “Royal Courts of Justice” de Londres (las cortes de apelación). El contraste con mi poca experiencia previa fue enorme. Sólo estéticamente, el edificio llama la atención: dan ganas de entrar y averiguar qué es. De repente viví una de esas imágenes “de película” de un juicio. Los magistrados togados y con pelucas, los grandes espacios de madera y cantera, las gradas para el público… y los abogados, con toga y peluca también, de pié, discutiendo y defendiendo a sus clientes.

Era aquello una apelación de una banda de ladrones de 4 latinos que habían sido detenidos tras robar una casa en los suburbios de Londres. Sus abogados pedían una reducción de los años que debían cumplir en la cárcel. Los ladrones estaban presentes en el tribunal, en una esquina, en una pequeña celda, cada uno con su traductor simultáneo a un lado. En menos de 40 minutos cada uno de sus abogados dio las razones por las que consideraban justa una reducción de la pena, mientras que los magistrados intervenían para preguntarles detalles de sus puntos, poniéndoles a prueba y contradiciéndoles. Finalmente, con el famoso “All rise!” los magistrados salieron de la sala de audiencia para deliberar. 5 minutos después estaban de vuelta. Uno de los tres dio la sentencia: no sería posible cambiar la sentencia original para disminuirles la cárcel. Pero lo más importante es que inmediatamente después de su veredicto explicó la sentencia: con palabras simples y sin formalismos argumentó las causas por las que no era posible quitarles años de cárcel. En menos de 10 minutos respondió a los argumentos de los defensores y, con una breve clase de derecho criminal inglés, explicó paso a paso el porqué del sentido de la sentencia. No bastaba su autoridad como magistrado para dar su fallo, sino que daba razones. Se legitimaba.

En mi última colaboración platicaba un poco del famoso caso Lautsi (Lautsi and Others v. Italy), un caso en el que la intervención oral, simple y en poco tiempo, el profesor Weiler daba razones a la Corte Europea de Derechos Humanos sobre cómo es que la libertad religiosa es posible en un país oficialmente religioso. Desde esta Corte en Estrasburgo es también apantallante, además de la belleza arquitectónica del espacio, la legitimidad racional, la simpleza y la brevedad de las sentencias emitidas en los juicios. En el caso largo y complejo de Lautsi bastaron poco más de 50 hojas para describir el juicio junto con las razones que lo justifican. Sin necesidad de jeroglíficos jurídicos o viejas fórmulas.

En ambos ejemplos, el de la Corte Europea de Derechos Humanos y el de la Corte Real de Justicia de Londres, la importancia de la oralidad, de la simpleza de los juicios, y sobre todo, de los argumentos y las razones que fundamenten el sentido de la solución del problema, hacen posible una justicia más accesible para todos: un sistema de justicia más entendible por todos, y no solo por algunos cuantos que decidieron hacer del derecho una forma de vida. Actualmente México se encuentra en proceso de implementación de los famosos “juicios orales” (sistema acusatorio – sólo en materia penal, donde se obliga a los jueces, entre otras cosas, a explicar sus sentencias oral y públicamente). Seguramente no serán la panacea de la justicia penal. Pero todo esfuerzo por ganar un poco de velocidad, racionalidad y simpleza en el acceso a la justicia se merece, por lo menos, el intento.

Juan Pedro Fernández Cueto. @JuanPedroFC

Escuela Libre de Derecho

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