noviembre 11, 2012

Nada nuevo bajo el sol

Hace algunos días apareció el primer anuncio de una extraña nueva producción en la televisión mexicana: “Sin filtro”. Las características del programa: una versión miniatura de las ‘grandes’ emisiones editoriales que inundan los canales de Televisa —poco menos los de Azteca—, comentaristas noveles —universitarios a media carrera—, proliferación de participantes de una institución —ITAM—, y una estrella del movimiento #Yosoy132 en el pánel.

Varias opiniones surgieron al respecto. Un tema dominó la crítica: la incongruencia de la estrella del #Yosoy132 por salir en Televisa. Se criticó como punto central la incongruencia personal del sujeto, pues, cuando en el candelero por su “vocería”, más de una vez descalificó a la empresa que ahora emitiría —y emite— su imagen en uno de sus tantos canales.

Sin embargo, la discusión debería no haberse vulgarizado tanto. Hay un hecho en el fondo, importante por sí mismo; una pregunta: ¿le hace falta a alguien en este país un programa de editoriales más?

Es sencillo responder la interrogante: no, no hace falta. Al contrario. La industria de la opinión en México ha crecido a magnitud tal que hoy es difícil enterarse por la prensa —en todas sus modalidades— de noticias que no hayan sido masticadas ya por alguien. Cuando las notas llegan al consumidor final, la mayoría de ellas ya fueron engullidas y regurgitadas por algún “opinólogo”. Y la justificación para la existencia de estos “opinólogos” que perciben sueldos nada despreciables en la prensa escrita, televisiva y radial por regurgitar noticias es frecuentemente la misma: la experiencia periodística —lo-que-sea-que-signifique—, o la preparación profesional. Esos bagajes suelen hacerlos expertos en algún y otro tema.

Pero este punto no es válido para esta nueva propuesta televisiva. Porque ofrecen al televidente el análisis de los temas nacionales e internacionales que están en el candelero. Un análisis desde el punto de vista universitario. Eso no está mal. Lo que sí causa un poco de asombro es que carecen de las únicas dos fuentes de legitimidad: experiencia y preparación. Y eso no los demerita. Pueden pensar y opinar lo que quieran, qué duda cabe. Sin embargo, sí debería haber duda acerca de las razones para poner esas opiniones y pensamientos en la televisión. No tiene sentido hacerlo. Es simple, la condición de universitario es pasajera y no es milagrosa. Es decir, no lo hace a uno experto o notable en clave decimonónica. Y, como es una condición pasajera, cuando se está empezando, o se está a la mitad de la carrera, el individuo no está del todo capacitado para hacer análisis políticos que se presuman esclarecedores en señal nacional. Y sí, hacia el final de la educación universitaria de licenciatura, uno puede suponer que la capacitación le ha llegado. Pero en ese final, el sujeto ya no es estudiante, es profesionista. Ha perdido su estado de gracia universitario.

La lógica del negocio de la opinión en México —y en el mundo— viene de una premisa bien sencilla: los que opinan tienen elementos (al menos eso se supone) para crear juicios que sean útiles al gran público, que carece de esos elementos de experiencia o preparación. Y en este programa la lógica no se cumple. Llanamente: no hay justificación para diferenciar a los jóvenes de “Sin filtro” de cualquier “opinador” que en una peluquería o desde un taxi decide “darle su arregladita al mundo” —como decía el presidente López-Portillo. Y como no es posible esa diferencia, entonces no hay sentido para una emisión de este estilo. Sobre todo porque lo que hasta ahora se ha visto ha abonado a esta idea, demostrando un poco de ingenuidad y otro tanto de ignorancia.

De manera que emitir esta producción es como si se emitiera uno con personas de la calle —con bagajes profesionales ajenos a los asuntos públicos. Eso no los descalifica, simplemente, siendo objetivos, posibilita que emitan opiniones básicas, genéricas, que no salen o muy pocas veces salen de los lugares comunes. Pero la diferencia entre esas opiniones “de a pie” y las de quienes adornan el set de “Sin filtro”, además de ser la proyección nacional, es que los últimos, como se ha visto, consideran elevadas, distintas, excepcionales las suyas. La diferencia que han querido marcar de las demás emisiones del tipo no existe, pues estos jóvenes también, quizás inconscientemente, creen que hacer editoriales es cualquier quítame allá esas pajas.

En fin, criticar la aparición del nuevo programa por la incongruencia de sus acciones es algo difícil, pues no hay idea de la motivación de cada panelista para aparecer en él y, francamente, conocer las razones es lo menos importante del asunto. Lo que sí cabe preguntar es para qué está “Sin filtro”. Los participantes aseguran que se trata de un programa diferente, pero, si se hace el recuento de lo visto, es idéntico a otras producciones de la misma empresa; más parecido de lo que se quisiera aceptar. No hay nada nuevo bajo el sol. La misma gritería y llaneza que cualquier “Tercer Grado”; muchas personas opinan las mismas cosas y establecen diferencias que se miden en decibeles, ante un moderador que hace las veces de convidado de piedra. El resultado es una mesa en la que no hay debate, porque no hay ideas que se opongan, sino gente que quiere aparentar brillantez y que para ello desata —o participa— en una gritería que lo que menos hace es invitar al consumidor a la reflexión.

Así, “Sin filtro” parece que llega a complementar la programación editorial de Televisa como antaño unitarios del estilo de “Juguemos a cantar” complementaban a Raúl Velasco o, más recientemente, “Pequeños Gigantes” complementó las producciones de Rubén y Santiago Galindo.

Sobre la pluralidad de “Sin filtro” hay poco que decir. Acaso sea un problema conceptual, pero ante la composición de la mesa, la pluralidad parece ser más bien un recurso de propaganda. Probablemente se pensó en el término plural como antónimo de singular (es decir, que habría más de una persona en la mesa), pero con lo visto se ha comprobado que más no es mejor. Tanta gente, en un espacio que busca ser “espontáneo”, da como resultado una hora llena de desorden con pocas aportaciones que vayan dos centímetros más allá de los lugares comunes.

Por supuesto que no hay disgusto de nadie con la exposición de puntos de vista diversos, pero ¿realmente deseamos más espacios donde “opinólogos” de dudosas credenciales regurgiten noticias? Parece ser que no, pues una idea fluctuante en días recientes era que los jóvenes estaban hartos de los ‘líderes de opinión’ y sus juicios sesgados.

En el fondo de todo subyace en este programa la misma falta de respeto que, en sus inicios, señalaron algunos participantes del #Yosoy132: la pretendida estupidez del gran público: como los integrantes de ese público, cautivo ante la preponderancia de dos empresas televisivas, son tontos, entonces hay que explicarles los grandes temas nacionales como si estuvieran en el preescolar. Eso es una falta de respeto que ofende, pues no es ni cercano a la realidad.

El público ni es impedido ni necesita que le regurgiten la realidad individuos que no sólo carecen de preparación profesional, sino también de experiencia. El asunto no es de edad, ni tampoco de títulos, no hay que confundir la discusión. Es de preparación y de experiencia. Y para evidenciar si se tienen esas dos cosas no hace falta vejez ni documentación, con abrir la boca es suficiente. Y a veces es mejor mantener el misterio acerca de lo que uno piensa y dice —como sugiere Azorín—, que hablar en televisión nacional, despejar ese misterio y quedar desnudo, como el rey —que no emperador.

Cristina Santoyo

Estudiante de Política y Administración Pública en El Colegio de México.

 

Jaime Hernández Colorado

Investigador Visitante, LLILAS, UT Austin. Tesista, El Colegio de México.

6 comentarios a “Nada nuevo bajo el sol”


  1. Abraham

    Toda la razón, hay bastantes opinólogos poco afortunados en inteligencia, cultura y preparación. Lo triste es que así nacen, crecen, reproducen y envejecen en los medios. Sobran además aquellos que con todas las credenciales, presumen de lo que carecen y que con un doctorado pretenden hablar de cualquier tema y haber leído y tener una opinión de todos los libros habidos y por haber. Saludos.

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  2. Jorge Nieto

    Compañeros, estoy de acuerdo en que el programa no puede pretender transmitir comentarios con autoridad intelectual, pero si televisar comentarios que representen a cierto segmento de la población, que en este caso serían los jóvenes y/o los universitarios. El programa presupone que los jóvenes y/o los universitarios somos alguna especie de grupo con cierta identidad en común diferente a la de otros grupos y que puede ser “representado” por alguien. Representarnos (o pretender que lo hacen) es algo más alcanzable que el objetivo de presentar un comentario “útil” como ustedes dicen. Para hacerlo deberían dar espacio a diferentes grupos de estudiantes de varios tipos de carreras y de varias universidades. Los editores y conductores deberían dedicarse a buscar posiciones diferentes dentro de las universidades y dirigir el debate que se presenta al público. Solo así el programa valdría la pena.

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  3. Jorge Cano

    El asunto, en realidad, es: ¿qué hace una estudiante del Colegio de México – con buena pluma- opinando sobre algo absolutamente trivial, un programa de televisión?

    Saludos.

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  4. Bruno Torres

    Sin embargo, aunque como universitarios adolezcamos de preparación y experiencia, podemos opinar, como ustedes, y hacerlo bien. Criticar con base en lo que hemos aprendido bien de gente con preparación y experiencia. Es más, podemos valernos de los medios de comunicación, masivos o no, para transmitir esas opiniones. El cuidado debería de estar, en todo caso, en no ‘regurgitar’ las opiniones de otros o bien masticar nuestro parecer al respecto de cualquier asunto trascendente. Creo que, en última instancia, Televisa, mediante este tercer gradito, ha cumplido su objetivo: mostrar a los universitarios, baladíes.

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