octubre 17, 2012

Heterodoxia

 

 

¿Llamaría usted “dictador” a Franklin Roosevelt (FDR)? Yo tampoco. Pero si el simpático FDR hubiese vivido en estos tiempos, quizás lo habrían catalogado como tal. Fue presidente 4 veces; si sumamos, hubiese estado 16 años en el poder. Sólo que estuvo 12 porque falleció en su cuarto término. Junto a Roosevelt podríamos poner a Tage Erlander, que duró 23 años (¡¡¡23!!!) al frente de Suecia, u Ólafur Ragnar Grímsson, que lleva 16 como presidente de Islandia. O a Nehru, 17 años como primer ministro de India. Podemos sumar a François Mitterrand, que duró 14 en Francia, a Leonel Fernández con 12 en República Dominicana y otros tantos. Nadie diría que estas personas fueron “dictadores”. Todos llegaron al poder por voluntad popular, democráticamente.

Hay en el aire una normatividad que no es nueva. Konstantin Sonin escribe en el Moscow Times del 11 de octubre, a propósito de las elecciones en Georgia, que “ningún líder debería permanecer en el poder más de 8 ó 10 años.” La frase comienza en el “ningún” y termina en el punto, sin decir por qué. Del mismo día, en El Universal de México, Emilio Rabasa escribe: “(…) la democracia no puede existir en un país donde una misma persona se mantenga en el poder supremo por 20 años, sin alternancia”, en referencia a la tercera reelección (¡como Roosevelt!) de Hugo Chávez. Y tampoco Rabasa explica por qué.

De hecho, casi nadie explica por qué. Se toma como hecho. Es un núcleo pétreo, impenetrable e incuestionable. Transgredirlo nos volvería herejes, blasfemos, heterodoxos de la democracia. Suena parecido a aquel marxismo en el que cuestionar un 0.01% significaba “desviarse” y ser un mal comunista. El argumento que da base al raciocinio de que unos “8 ó 10 años” son lo máximo que debe durar un mandatario es que, si no es así, vendrá un Gulag, o un Holocausto. No es broma; tampoco es banal. Son respuestas dadas por “demócratas”. Puede haber oportunismo, explotación, racismo, desigualdad brutal… pero si un país es democrático liberal adquiere un halo de bondad y legitimidad a los ojos del mundo. Si no, uno es hereje, y vendrán apóstoles que señalen nuestra desviación. Como dice Slavoj Žižek a propósito de esto, “(…) cualquier intento de cambiar las cosas se denuncia como éticamente peligroso e inaceptable, como una resurrección del fantasma del totalitarismo”. Así como Joel Migdal ilustra cómo a los Estados que no se parezcan al tipo ideal weberiano del “monopolio legítimo de la violencia” se les ha adjetivado de mil maneras (fallidos o “clientelistas”, como si no hubiese clientelismo en Estados Unidos o Suecia), así las prácticas democráticas distintas a la democracia liberal son también rebajadas a “antidemocráticas” o “autoritarias”. Pero también hay una confusión enorme en éstas y otras voces, que piensan que democracia es sinónimo de alternancia. No es así. La primera da paso a la segunda; no al revés.

No hace falta ponerse del lado de un “dictador” o del autoritarismo para dar cuenta de que ese discurso democrático-liberal tiene bastantes averías, pero sí dejarse de nubosidades y prejuicios. Al citar a Enrique Krauze, Rabasa piensa que eso legitimará su artículo; por el contrario, cita a quien en su revista (y en un libro) ha repetido hasta cansinamente que Chávez “no suelta el poder” y que raya en el “delirio”. Poco se citan políticas públicas; no se contrasta la realidad con las metas fijadas por el Partido Socialista Unido de Venezuela, ni se dice si la venezolana es mejor sociedad que hace 15 años. El “análisis” se limita a cuánto tiempo lleva un hombre en el poder, y ya si son más de 10 años se dice que va “camino a la dictadura”, pero no se habla de hechos ni de si es lo que el pueblo venezolano quiere aun teniendo alternativas. Lo curioso es que a veces, donde el pueblo tiene oportunidad de elegir (democráticamente), buena parte elige cerrar más un sistema o votar por partidos que prometen una restauración del autoritarismo.

Chávez no es un dictador. Sin duda tiene elementos autoritarios, lo cual no quiere decir que sea “malo”, ni tampoco “bueno”. Participa en elecciones, hace campañas, hay una oposición considerable que gobierna varias provincias y estuvo a 11 puntos de perder la última elección. Un “dictador” ni compite ni tiene oposición. El mismo Rabasa hace una revisión de sus porcentajes e incluso acepta que en la última bajaron sus números. La misma forma en que Chávez hizo referencia al rival durante su campaña deja ver que hay una oposición que tiene arrastre, reflejado en el 45% que ganó. ¿En serio se necesitan más pruebas para que sepamos que Chávez compite; que no es lo que tanto se dice en la opinión pública, los medios y hasta en reductos “intelectuales”? ¿Con qué derecho va alguien a decirle al pueblo venezolano que no son demócratas porque habrá una persona “en el poder supremo por 20 años”? Democracia significa tener una capacidad de incidir en el proceso de toma de decisiones por más indirecta que sea, si bien en distintos grados, pues no hay una democracia sino democracias. Que Chávez sea socarrón, burlón, ridículo y hablador es distinto. Siempre ha llegado al poder por la vía democrática, de hecho, liberal. No es tan difícil darse cuenta. No es que no sea un “demócrata verdadero”, como llama Rabasa a quienes ejercen el poder menos de 8 años; es que no existe tal cosa como la “democracia verdadera”. Para Aristóteles es el sorteo, pues cada ciudadano era igual que otro ante la polis; para Jefferson es la representativa; para los cantones suizos la directa. No es más demócrata el legislador estadunidense que el ciudadano suizo o que el ateniense del siglo V a. C.

Ni durar menos de “8 ó 10 años” es garantía de “democracia” ni de que no se abuse del poder, como en Perú bajo Fujimori, quien ganó abrumadoramente una reelección en 1995 de manera democrática luego del “golpe presidencial” de 1992 y con apoyos y aprobaciones populares enormes. A Boris Yeltsin, el supuesto adalid de la democracia en Rusia, le bastaron dos años para volar (literalmente) el Parlamento a tanquetazos en 1993 e imponer su voluntad frente a mayorías que le eran adversas. Y Yeltsin respetó sus mandatos; incluso renunció antes de concluirlo. La democracia liberal es una serie de valores compartidos. Es un tipo ideal. Es una ideología; lo mismo sus derivados en las esferas económica y jurídica, es decir el libre mercado y los derechos humanos. Como tal busca imponerse ante otras, lo cual es natural, y sus apóstoles tienen que recurrir a descalificaciones de todo lo que se desvíe del dogma.

El discurso demo-liberal está literalmente en el aire como autocensura; en privado, a veces es desechado. Hace poco escribí una columna donde relataba cómo un pueblo libio decía rebelarse contra el nuevo gobierno porque no querían “autoridades impuestas” desde Trípoli; no obstante, cuando los reporteros iban de casa en casa, la gente respondía con nostalgia cosas como “Gadafi está en nuestros corazones” o “él me dio esta casa”. No es coincidencia que el mismo fenómeno se palpe en estudios como el de B. Wieliczko y M. Zuk sobre la nostalgia postsocialista en Polonia, que deja ver que prácticamente la mitad de la clase media polaca, supuesta beneficiaria de la “transición”, siente nostalgia por los “buenos tiempos”; estos relatos surgen sólo en privado, pues los entrevistados “jamás se atreverían” a decir algo así en público ante la cohibición producto del discurso político demo-liberal y de los medios de comunicación, en sus palabras. En Libia, en Polonia y el mundo parece haber personas que tienen miedo de que el mundo de hoy los clasifique como herejes, a pesar de que ese mundo se cae a pedazos. Podríamos salvarlo siendo más objetivos. El problema es que los apóstoles de hoy pueden ser los herejes de mañana.

 

Rainer Matos Franco. @rainermat

Estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales por El Colegio de México, A. C. Actualmente se encuentra en Moscú y escribe su tesis sobre las manifestaciones de la nostalgia por la URSS y su uso político en Rusia.

2 comentarios a “Heterodoxia”


  1. José Manuel Toral

    Me parece que el artículo da muestra del uso de elementos retóricos de manera elegante y certera. Sin embargo, creo que en ese afán el artículo peca de una serie de simplificaciones que son cuestionables y que restan fuerza al núcleo del argumento. En esencia considero que el artículo se esfuerza en descalificar auno de los discursos que se esgrimen para defender a la democracia liberal con base en artículos y un libro (no citados) de Krauze y un artículo de Rabasa. Esta estrategia de argumentación ignora y demerita la enorme tradición liberal y todas sus vertientes, cuyo común denominador es la creencia en que la libertad es el principio rector.

    1. La hipótesis de que el número de años que permanece una persona en un cargo ejecutivo es un elemento definitorio en el pensamiento democrático liberal, demo-liberal en la abreviación del autor, es endeble.

    Las discusiones como la de Anerson (quien debate si la democracia es intrinsecamente justa) o la de Joshua Cohen (sobre si la democracia es un derecho humano) son sólo ejemplos de la riqueza de debates en los que la democracia es puesta a prueba por los propios principios liberales. De la misma forma, definir derechos humanos, libertades políticas, derechos sociales con base en una discusión liberal también es complicadísimo.

    2. Me parece que convendría una reconsideración, que por seguro a pasado por las manos del autor, de la La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos de, ese sí, uno de los pilares del pensamiento liberal: Benjamin Constant. En ese sentido creo que la frase “No es más demócrata el legislador estadunidense que el ciudadano suizo o que el ateniense del siglo V a. C.” es profundamente cuestionable. Yo creo que no son comparables los sistemas atenienses con lo plasmado en El Federalista y mucho menos con el sistema de democracia directa de los cantones suizos.

    3. Creo que el término pueblo es problemático. Ante la crítica que el autor establece a la democracia liberal, existe un dejo de propuesta en darle la última palabra al pueblo. El problema es que, siguiendo a Merino, el pueblo no es nadie y a la vez puede serlo todo. Decir que “el pueblo quiere”, el “pueblo venezolano puede ser tachado de” es olvidar uno de los más grandes beneficios del liberalismo, a mi parecer, el límite del estado ante los derechos de minorías. Si usamos la retórica chavista “el pueblo” es el 54% que votó por él. Gracias a que Venezuela se asume como una democracia liberal, que lo es, ese otro 45% tendrá mecanismos para que sus derechos sean respetados. En este sentido, no dudo que haya gente que apoyó y añora la época de Gadafi, hay gente que no. Tampoco sostengo que Chávez sea un dictador. A mi me parece que Venezuela es tan democrática que el candidato opositor, con todo el aparato estatal en su contra, obtuvo casi la mitad del electorado.

    4. Creo que el halo de bondad y legitimidad que se da ante la creación de una democracia liberal es que reconoce cierto reconocimiento a los derechos individuales y a los límites de gobierno. Aún no ha quedado claro si eso conllevaría a eliminación de la desigualdad, el oportunismo, la explotación, etc. Supongo que depende qué mundo observe el nacimiento de esos sistemas políticos.

    5. Reconozco que el proyecto liberal es proyecto inacabado, parcial e imperfecto. Basta ver las discusiones sobre la neutralidad liberal y la implementación de su programa en un mundo pluricultural. Pero creo que hay muchas formas de ver el liberalismo, muchos matices y muchas formas de pensarlo. Este artículo puede desmembrar el liberalismo de Krauze o de Rabasa en una expresión en forma de artículo o libro, pero no es un argumento que todavía necesita contundencia si lo que se quiere es criticar al discurso democrático o al liberal.

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  2. José Manuel Toral

    (Una disculpa por los errores gramaticales por allí regados y saludos también)

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