octubre 5, 2012

Letras de sangre

 

Dice Alberto Manguel, en su Historia de la lectura, que: “Tan sólo cuando, años más tarde, rocé por primera vez el cuerpo de mi amante, comprendí que en algunos casos la literatura puede no alcanzar la altura de la realidad.”[1]. Se trata de una confesión que ruboriza. El tema de la piel de cualquier mujer es un asunto que merece la mejor de nuestras atenciones. Cualquier hombre que diga que una mujer es un asunto menor comparado con las disquisiciones de su espíritu, es un cretino o un mentiroso. El papel de la literatura alcanza ciertas funciones que en la alcoba se reducen a citar a Shakespeare o algún pasaje de Bennedetti: Bukowski sería demasiado. La función de la literatura, y ahí exagera Manguel, nunca ha sido sobreponerse a la realidad ni copiarla. Creo, más bien, que quiere denunciarla. No hay mejor ejemplo de ello que las novelas que se ubican en el plano espacial del señalamiento. La literatura del narcotráfico nutre esta función.

 Las letras, cualquiera lo sabe, también tienen sus muertos. La vida de aquellos que se han visto cercados por el narcotráfico, sus obsesiones, sus sinsentidos, traiciones, ambiciones y metidas de pata han servido como retrato vivo para novelistas y articulistas. Leopardo al sol de Laura Restrepo; El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez; La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo; La voluntad y la fortuna de Carlos Fuentes y La reina del sur de Arturo Pérez Reverte siguen los pasos de narcotraficantes y sus historias. No son los únicos, por supuesto.

Tal ha sido el mito y el pringue del narcotráfico que abarca y humedece toda la realidad, que se ha vuelto necesario recrear todo un escenario y un entorno a través de la pluma. El ruido de las cosas al caer, la más reciente de estas novelas, nos otorga un simbolismo propio que ha abrazado cada lugar donde el narco se ha asentado: los sonidos cambiantes del mundo. Si antes se escuchaba el ruido de las voces, ahora el inmarcesible y eterno ruido del silencio; si antes escuchábamos compartir el alivio de cosas insustanciales, ahora la respiración entrecortada de las víctimas; si antes la monotonía tranquila, ahora las balas relampagueantes. Y es esto lo que nos dice la novela: hemos llegado a un punto en donde se ha vuelto necesario clasificar los ruidos: nadie tan vulnerable como un sordo. El ruido de las cosas al caer es una novela, también, obsesiva: el protagonista necesita penetrar el espacio físico de la violencia; clausurar su presente para vivir de lleno en la necesidad de formar un pasado: de explicárselo.

El narcotráfico se ha instalado dónde menos lo esperábamos: en la ficción. Los creadores se han visto compelidos a tratar de denunciar lo que la realidad ya no puede digerir: conductas aberrantes que se diluyen en la hamaca informativa que por un lado presenta el humor característico que vende y, por el otro, el fantasma que nos ronda. La violencia ha pasado de ser una noticia sorprendente, a apenas un pie de página cuya repetición –concédanme la ironía- se ha convertido en una parvedad: muertes y más muertes. La literatura del narcotráfico debe de rasurar lo que en los medios se ve, para bruñir lo que nadie nos explica: la descripción de los entornos de reclutamiento; la fotografía de las razones de una actividad; la degradación cultural y social del ser humano. 

La literatura aspira a convertirse en un diálogo que nos lanza al vacío por el provecho que podemos extraer de sus lecciones: solamente en pleno vuelo hacia el piso será posible repensar el pasado y actuar sobre el presente. La novela, un ejercicio de razón, puede adentrarnos de nueva cuenta en las cavernas de los porqués. El papel de la literatura del narcotráfico se ha convertido en un oasis esencial dentro de un territorio habituado a la aridez: cifras, muertes y declaraciones no alcanzan a explicar lo que sucede. Es verdad que tampoco la literatura aspira a imponerse como un modelo de resolución de conflictos sino, más bien, como una nueva figura geométrica de descripción de vidas. Allá dónde nuestros funcionarios o los estudios cada vez más sofisticados de implementación de políticas públicas no llegan, son a las actuaciones privadas que actualizan y pervierten la vida pública a las que hay que recurrir.

La voluntad y la fortuna, de Carlos Fuentes, es una novela que rota marginalmente en torno al narcotráfico. No describe sus fechorías y tampoco concibe sus ilegalidades. Es una novela del poder; misteriosa y cautiva de una narrativa superior: las formas de cómo alguien se impone sobre los demás. De manera invisible, los otros configuran nuestro actuar de las más sutiles maneras: el poder consiste en manejar al otro sin la conciencia explícita de lo que se hace. Ni objeto ni sujeto conocen esa relación de poder que subyuga a uno y encumbra al otro. Servidumbre inasible. Solamente un observador externo será capaz de describir esa relación y catalogarla como poder. La novela de Fuentes invita a la reflexión sobre el problema del narcotráfico porque supone de entrada un colador poco útil por el que se han escabullido todos nuestros vicios institucionales. Se trata de la indomeñable orografía de la política que Fuentes describe a la perfección: “…porque oiga, María del Rosario, aquí hay que llegar pensando que uno es eterno, si no, pierde seis años el primer día”.[2] La omnipotencia del estado ha desaparecido y, por ello, es necesaria en el gobernante la ilusión de la eternidad. La soberbia del infinito. La novela, finalmente, no es más que una intensa actividad de la imaginación, una enfebrecida situación de creación. La literatura ayuda a comprender los resquicios que la realidad va dejando: nos ayuda a escuchar los gritos que se van formando en el papel.

 

Guillermo Fajardo.
Estudiante de Derecho en el ITAM. @bosh_89



[1] Manguel, Alberto, Una historia de la lectura, página 25, Almadía, 2011.

[2] Fuentes, Carlos, La voluntad y la fortuna, pág 407, Alfaguara, 2008.

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