septiembre 20, 2012

El momento de las tortugas

Cada cierta cantidad de tiempo, los sucesos convencionales se reúnen a dar maromas, como evocando algún ritual ancestral, con la intención de convertirse, de pronto, en tortuga.

Efectivamente, estimado lector, las tortugas no tienen orígenes marinos ni subterráneos, la ciencia ha estado conspirando en este alarde ocultista, asignándoles esa condescendiente categoría de reptiles de antaño, durante años de formulaciones hipotéticas evolucionistas y clasificaciones taxonómicas, justificadas en lenguas cuya autoridad recae en el mismo criterio anticuario.

Afortunadamente, un grupo de investigadores serios, del que me ufano de formar parte, hemos decidido terminar con este montón de mentiras, que no hacen sino formar discursos cotidianos que indignan a estas criaturas (“agresiones justificadas en el vello facial” en palabras de las inconformes) y a más de un sujeto que ha decidido solidarizarse con la causa, manifestándose pacíficamente frente a diversas instancias de poder.

He de confesar que mi encarnizada defensa no provino de sentirme atraído hacia algún plantón, la lectura de alguno de los explícitos panfletos ni la melodía (a veces molesta) de alguna de las canciones de acordeón con mensajes subversivos, interpretada siempre por esos vocalistas de perpetua sonrisa, que prometen apoyar la causa incondicionalmente (cualquiera que ésta sea). En realidad mi adhesión proviene, precisamente, de un momento.

Algún día la vi pasearse por delante de mí y volteé hacia otro lado, pretendiendo que era una tortuga como tantas: las grecas habituales por aquí y por allá, el verdor amarillento pintándole una raya arriba y un rectángulo por debajo, las patitas lentas, con esa delicada fortaleza de pequeño reptil, rebasándose trabajosamente, como intentando bailar al ritmo de algo, del universo quizá…

Pasó tiempo. Ella paseaba, de vez en cuando, dejando impresiones impares en la arena. Yo me quedaba recostado y miraba, distraídamente; pretendiendo no saber que dentro de esa mirada de reojo había algo encerrado, tal vez mis propias rayas amarillas y verdes.

Las huellas pares volvieron un día, como empujadas por el mar, que más que lucir espumoso parecía cumplir con una función asignada, que revolvía mucho, poco a poco. Ese anguloso perfil, que nunca me había decidido a ver antes pareció materializarse justo frente a mí. De pronto, algo o alguien se volvió tortuga o al revés o viceversa o de todos modos. Ahí estábamos y rondándonos estamos.

Sigo hojeando los periódicos, como buenamente puedo. No es que me sea indiferente el mundo, pero a veces prefiero los lápices que las imprentas ajenas. Tarareo canciones inspiradas en sonidos de caracoles, porque las canciones de banda a veces me causan escozor. Las olas y las huellas en la arena me sacan a bailar y se vuelven impares.

Es cierto, mi teoría científica se basa en algo que quizá despeine a más de un lector (disfrútelo), pero me gustaría dirigirme respetuosamente a usted e invitarlo a sentarse en alguna recóndita playa algún día. Casi puedo asegurarle que alguna tortuguita se paseará por delante. Todo depende de la compañía, y de usted, acompañante.

Juan Salazar Rebolledo

Estudiante de Historia en la UNAM

@donjuanesh

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