julio 17, 2012

Disculpe las tinieblas

Juan Salazar Rebolledo

Descubres que te sobran los motivos para correr al refrigerador, desenroscar la apretada tapa de las aceitunas y prepararte el Martini más compulsivo que alguien haya probado. Sin embargo, te quedas acostada, junto a mí, a terminar de escuchar la monotonía del último disco que compramos, una producción independiente, de la disquera del hermano de tu mejor amigo.

Las emociones que me produce escucharlo hacen que intermitentemente se me enchine la piel, pero no distingo cuándo es producida por los sonidos y cuándo por escuchar tu respiración al lado mío. Tú no pareces darte cuenta, y yo agradezco que sigas abonando a la placentera confusión.

El tiempo corre aprisa a nuestro alrededor, se nota en el color del cielo, que ha ido cambiando de un relajante tono azul brillante a la perturbadora obscuridad grisácea que precede la tormenta. Tú ahuyentas las prisas con tu olor a lluvia, ese que simulas tener envuelto, escondido siempre en un lugar distinto, sólo descifrable por la suma de tu felicidad y la monotonía de los sonidos; que cada vez que intentan agolparse, parecen notarlo y aterrizan delante nuestro, a contemplarnos y ser contemplados.

Casi nunca entiendo lo que dices y lo agradezco, porque seguramente de hacerlo la magia comenzaría a decrecer poco a poco, como pasa casi siempre con las cosas que uno cree comprender.

Me han dicho varias veces, que transpiro una sustancia similar a la nostalgia, que produce, en quien se me acerca, una serie de visiones infantiles que los ponen a cantar, a robar caramelos, a jugar al avioncito o directamente al berrinche. No sé si te creo.

El disco parece no tener fin y las variaciones en el tempo me ponen cada vez más nervioso, tú luces aburrida y sigues tan distante como cuando comenzó. Comienzo a mover los dedos de arriba abajo, uno por uno, sobre la cama, para intentar llamar tu atención, pero mi efecto infantiloide parece haberte afectado de forma distinta esta vez.

Pero te advierto, Cecilia, que no porque no quieras hablarme o tomar mi mano voy a dejar de robarte del resto del mundo. Porque, no sé si te hayas dado cuenta, pero al menos por un instante, por breve que sea, lo quieras o no, tu olor es mío y me lo regalas por el simple hecho de estar aquí, ignorándome.

Sonrío, casi complacido, cuando una explosión se escucha a lo lejos y el disco poco a poco deja de girar, como desconcertado ante la penumbra que ahora se fusiona con esa tensión entre nosotros dos.

Tú dices algo, pero yo estoy en la cocina, comiéndome las aceitunas a puños y desafiando tu autoridad de la manera más directa e insospechada que hubieras podido imaginar. El olor aceitoso es casi insoportable. Te sirvo algo, pero no pude ver qué.

Juan Salazar Rebolledo

Estudiante de Historia en la UNAM

@donjuanesh

Un comentario a “Disculpe las tinieblas”


  1. Francisco Galán

    Un gusto saludarlo por este medio. Daré mi comentario sincero (tal vez sin refinamiento, pero con el poder que éste encierra): Melancólico, sencillo, como me gustan. No sé qué pensar, pero me suena a la monotonía de la relación de pareja (aunque nunca he tenido una relación verdadera, es algo que me imagino que sucede). Me dieron ganas de oir el disco, y tal vez de tomar un Martini. Saludos!

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