agosto 24, 2012

#LaHora132

“Una sociedad incapaz de dar a luz una utopía y de abocarse a ella, está amenazada de esclerosis y de ruina”.

E. Cioran

Lo que sigue es un breve relato de una acción simbólica que realizamos en Guadalajara como parte de la búsqueda de una democracia auténtica, es decir, de un gobierno del pueblo y para el pueblo, que surgió de una larga historia política de corrupción, mentiras y ganas de que esa historia se transforme en una más fraterna.

En la primera asamblea de #YoSoy132Gdl que se realizó en el Parque de la Revolución –lugar  que ha sido el principal punto de encuentro entre la gente que participa activamente en el movimiento y quienes no están involucrados–, después de que se leyera el manifiesto local y de que se explicara la dinámica de trabajo de ese día, me integré a la mesa de trabajo de Difusión y Viralización del movimiento. El propósito de dicha mesa era llegar a la mayor cantidad de gente posible para compartir las razones que nos hicieron levantar la voz, y las alternativas que buscábamos a nuestra política actual; que el movimiento traspasara la barrera de las redes sociales y el internet, porque éste, también en Guadalajara, surgió de las redes después del históricamente ennegrecido viernes en la Universidad Iberoamericana, y surgió también con la intención de ir más allá del ciber espacio y ser contrapeso de los poderes fácticos, políticos y mediáticos, que han hecho de la “Democracia” un término casi vacío que legitima la explotación de los bienes de todos con fines que nada tienen que ver con el bien común.

En el intercambio de ideas y propuestas de la mesa, surgió la idea de #LaHora132 que consistía en subirnos al transporte público a la 1:32 p.m., para aprovechar los trayectos de la gente e intentar sembrar dudas en ellos y ellas sobre la imparcialidad de la información que recibimos a través de los medios de comunicación, además de invitarlos a ver los debates entre los candidatos y la candidata a la presidencia de la República y entre los candidatos y la candidata a la gubernatura de Jalisco. El ejercicio quedó planeado para empezar por el tren ligero el viernes 8 de junio.

Al principio no teníamos claros los cómos, pero resultó ser un ejercicio muy enriquecedor de trabajo colectivo, de desobediencia civil y de reapropiación de lo público.

La experiencia de trabajo colectivo fue interesantísima, porque lo único que se sabía bien era que íbamos a tratar de llegar a la gente que no tiene acceso a las redes para comunicar la lucha que enarbolamos e invitar a informarse y a participar en la política local y nacional. Nunca hubo una directriz clara y rigurosa de cómo haríamos las intervenciones en los vagones ni de qué íbamos a decir, sino que, a partir de las intenciones de compartir lo que nos indignaba y lo que nos movía a organizarnos, se hicieron varias propuestas independientes que aportaron una muy sana pluralidad y que nutrían (y se nutrían de) la apuesta del movimiento por la libertad de expresión y de horizontalidad organizativa. El viernes 8, en el Parque de la Revolución, justo afuera de la estación Juárez, que está a la mitad de la línea 1 y sirve de conexión con la línea 2 del tren ligero, nos dividimos en seis grupos para tomar las tres direcciones posibles del tren (periférico norte, periférico sur y Tetlán) en dos brigadas. Hubo desde pequeñas representaciones de guiones hasta conversaciones con la voz muy elevada a propósito, pasando por la comunicación a través de megáfonos, diálogos frente a frente con la gente y distribución de algunos folletos con información de horarios y medios para ver los debates, y otros con aclaraciones sobre cómo votar con el sistema de coaliciones que el IFE no se esforzó mucho en aclarar.

Antes de la intervención, había mucha incertidumbre y un poco de temor de varias personas del movimiento porque íbamos a desobedecer algunas reglas del uso del tren ligero: según el artículo 5° del reglamento del Sistema de Tren Eléctrico Urbano, “por contraponerse a la naturaleza de nuestro servicio y/o al bienestar de los usuarios, no está permitido (…) gritar, hacer desorden o ejercer cualquier clase de propaganda”, y nosotros teníamos toda la intención de alzar la voz y llamar la atención; de desordenar la rutina de la gente. Sabíamos que íbamos a alterar el orden y que no íbamos a respetar el reglamento interno, y lo asumimos en un acto de tácita desobediencia civil (que no es sólo desobedecer las leyes de la civitas, sino explicitar que las instituciones políticas no están fundadas sino en los y las cives, la ciudadanía, y que han de actuar en beneficio de ésta última como elemento constitutivo de aquéllas) que resultó en varias situaciones ese día. A un grupo los sacaron de las instalaciones del tren ligero, agentes de seguridad y policías estatales; sin embargo, ese mismo grupo optó por subirse a los camiones del transporte público a seguir haciendo lo que estaban haciendo. A otro grupo lo quisieron sacar de las instalaciones pero consiguieron que los dejaran regresar a la estación central (Juárez) a hablar con quien estuviera encargado de dar los permisos para hacer este tipo de actividades; a otros también los intentaron sacar de las instalaciones, pero se resistieron y salieron por su propio pie varias estaciones después, justo en la estación en la que querían salir, también custodiados por policías estatales y elementos de seguridad del tren.

Por supuesto, las sanciones no fueron la única cosecha de las intervenciones, porque, en cada caso, cuando llegó la seguridad ya habíamos logrado nuestro cometido: romper la cotidianidad para invitar a la participación política crítica e informada, y hubo también varias respuestas. En uno de los vagones, por ejemplo, un adulto se molestó con lo que estábamos haciendo al grado de que intentó que lo suspendiéramos, pero justo en ese momento, una señora intervino diciendo que estábamos ejerciendo la libertad de expresión y se pusieron a dialogar mientras seguía la intervención; en otro vagón, también como ejemplo, se acercaron dos señores, uno a pedir un folleto con la guía para votar con las coaliciones y otro para preguntarnos si éramos de algún partido político; y, aclarado nuestro apartidismo, pasamos las pocas estaciones que quedaban del trayecto platicando sobre la concentración de los medios de comunicación, el IFE, la partidocracia y la poca participación política de los mexicanos y las mexicanas.

Como apretada conclusión de este micro relato, creo que el ejercicio rindió frutos muy positivos, desde el acercamiento de gente interesada en lo que hacíamos hasta el reforzamiento de uno de los elementos que, desde mi punto de vista, es de los más importantes del movimiento: el reapropiarnos democráticamente de lo que ya es nuestro, y esto es lo público que, a través de mucho tiempo, de ser ajeno porque es propiedad de todos, ha quedado simbólicamente reducido a ser ajeno y de los políticos, quienes poco a poco se han ido adueñando de lo que es de todos, ya sea el transporte público o las elecciones; los recursos naturales o las instituciones gubernamentales.

Lo público es nuestro, de todos, y las acciones por reapropiarnos de ello comunitariamente me parecen urgentes, por más pequeñas que parezcan, a sabiendas de que las condiciones en las que vivimos cargan una pesada historia. Vamos despacio, que llevamos prisa.

 

Juan Manuel Orozco Moreno, estudiante de Filosofía y Ciencias Sociales en el ITESO Guadalajara y miembro de la asamblea local, Somos Más de 131 ITESO.

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