julio 31, 2012

El cocodrilo redentor y el guajolte de pelea

Nadie miró su sombra que achataba la tarde

Nadie miró el solitario silencio de su andar

Ni se hizo el vacío que queda en los cuartos

Ni esa humedad humana que no sabe llorar

Juan Bautista Villaseca

No hay paz que no rinda pleno tributo al infierno

 Malcom Lowry

 

El gorjeo de las palomas en el alfeizar de mi ventana hizo que súbitamente me invadiera una pesadumbre similar a cuando en la sobremesa escuchaba a mis tías rumiar chismes comiendo turrones. La ventana sin cortinas que velaran mi sueño permitió que una insolente resolana me dejara empapado en sudor. El cielo era totalmente azul, sin nubecitas hirsutas que incitaran la imaginación y postergaran el rito hidratante en la cocina. Los volcanes se apreciaban majestuosos como pocas veces al año se podía;  porque hoy  la piedad del viento  levantaba la falda gris que un  pueblo modisto le había diseñado al lívido cielo de la ciudad.  Una falda hilvanada con girones de progreso y desarrollo, roída por el viento que luchaba contra la filia por lo gris de los habitantes de la ciudad, que todo lo querían cubrir del color de la ceniza: el cielo, los ríos, las veredas, las sonrisas.

A pesar de todavía no estar con el ímpetu de levantarme de la cama, la insólita situación en el cielo, aunada a una sed infernal, me forzaron a abandonar mi trinchera. Los vasos de agua fría que bebí con avidez tuvieron el sutil poder de un licor que no había valorado. Después de sentir la frescura del líquido bajando por mi garganta, mi cabeza recibió un tamborazo de lucidez. Me desprendí de las lagañas y la almohada ahora me pareció el pedestal de abulia donde pedían cuartel los cobardes, donde soñaban lo que no se atrevían a hacer.  La cama en vez de seducirme con la caricia de sus sábanas me pareció una peligrosa arena movediza que me alejaba de los frutos que esconde la vida: calles empedradas alumbradas por faroles, plazas donde los abuelitos bailan,  devorar unos mangos a la vera de un río.

Ya estaba decididamente estoico a despreciar la baraja de comodidades que puede ser un hogar, convencido por la experiencia del fraudulento traje que porta el ocio, se ofrece sensual con  una ligereza epicúrea, como si fuera una inofensiva crema estimulante que mata el tiempo y no deja secuelas; sin embargo, el ocio lo deja a uno atado a paliativos vulgares que lo alejan de las chispas de la vida y lo dejan sumergido en nostalgias pirománticas de lo que uno pudo haber incendiado en la vida.

Impulsivamente le iba a marcar a  María  para cuadrar un plan, pero antes de pulsar la tecla que iniciara la llamada, recibí  un sablazo en mi memoria que advertía la terquedad de esa llamada -al menos para mí- pensé con dolorosa resignación. Comencé a tortúrame con la imaginación que producía su ausencia, llovían recuerdos de mañanas grises pero fulgurantes por su destreza para hacer bromas mientras preparábamos el café; añoraba ese fresco buen humor que María tenía para iniciar el día. Inspirado por la brisa que se colaba por  la ventana de la sala, mi colorida mente imaginaba su piel trigueña dirigirse al baño. Recreaba en mi mente el  armónico sonido de las aguas al escucharla mear, cuando la sátira de las palomas me regresó a eso que con solemnidad llamamos realidad.

Para escaparme de la ráfaga de los recuerdos empecé a leer los cuentos de Rodrigo Rey Rosa. A pesar de las fascinantes historias de la selva guatemalteca, la mañana era majestuosa y mi cabeza una olla con ansias hirviendo por salir de mi casa. No pude seguir leyendo: dejé el libro en la mesa como quien esconde un manjar para un momento con más apetito. Comenzaba a verme errante y sombrío recorriendo las librerías de viejo por la calle de Donceles, cuando recibí una llamada que encendió las posibilidades de matar un domingo con un veneno distinto. Era mi primo René, que tenía meses sin verlo,  para recordarme de su comida de cumpleaños.  Imaginando los posibles manjares y las cervezas heladas, frente a los platos sucios  de mi casa y mi capital de estudiante: era necesario ir.

Llegué a la comida y había como 20 personas. Me llenó de nostalgia ver los dos colorines donde alguna vez con mi colorido uniforme de Jorge Campos me sentí glorioso lanzándome a detener los tiros de mis primos. Ahora en medio de los dos colorines  se encontraba instalada la cantina en una mesa. Lo que me dejaba condenado a posar de nuevo en medio de ellos, pero sin gloria.

Después de recibir saludos con las hipocresías cordiales que muchos acostumbran, huyendo de la exageración de la amabilidad y la simulación del cariño me senté a beber una cerveza en una mesa  con pocas personas. Minutos más tarde, ya reía con las ocurrencias de Gabriel y sentía hartazgo de escuchar a David, dos amigos de mi primo con los que compartía mesa. Discutían, o más bien Gabriel cabuleaba y David en un tono como si estuviera diciendo verdades inmutables, predicaba pedanterías acerca del camino que  México debería tomar para un gran crecimiento económico.

Gabriel era un cachetón que producía simpatía nomás de verlo devorar la botana, por probabilidad debí haberlo conocido en un palenque o en una cantina, pero lo conocí en casa de mi primo René, que es diez años mayor que yo, y es un tipo  tan tibio que no merece aparecer en relato alguno.  Gabriel se paró a hablar por teléfono y me dejó a la deriva en conversaciones vanas con los amigos  petulantes de mi primo René, que tardaron años en prender el carbón;  el manjar que había imaginado eran carnes de hamburguesa congeladas: mi mente se llenó de reclamos: ¡Como si no existiera la cecina y la tortilla azul! ¡El guacamole y el chile poblano! ¡Pinches gringos de segunda! Pensaba resignado, mientras mordía la viscosa hamburguesa.

No tardé en sentirme agobiado con los amigos de mi primo. Hablaban en un tonito de expertos sobre cualquier tema obtuso, desde transferencias de fútbol americano hasta series gabachas de las que comulgaban, pasando por una enardecida polémica por lo que iba a ocurrir con el euro. Espetaban en cada frase una certidumbre de lo que iba a suceder en la economía mundial, o explicaban con una seguridad ridícula el porqué de cualquier movimiento político. El más insoportable de todos era David, un insufrible pipope  economista del ITAM, que acaba de regresar de hacer su maestría en algún lugar con nieve y venía a predicarnos a los profanos el porqué de todos los atavismos mexicanos.  En su pretensiosa maestría, que lo becaron por su empeño en aprenderse los hegemónicos pasos para desprenderse de cualquier discurso reflexivo, decía con otras palabras que aprendió todas las herramientas técnicas para hacer “progresar-desarrollar”  la nación; era de los que creía que con modelos económicos se acababan los problemas de una nación. Los ciudadanos se volvían cifras en su boca.

David no se cansó de dejarnos claro que trabajaba para un prestigioso banco de créditos, que los viernes lo dejaban vestir sport -decía con el orgullo de quien la libertad la tiene a cuenta gotas-. Sus ojos reflejaban al ambicioso que se empeñaba en todos los sentidos en ser una persona sofisticada y no un provinciano de clase media.  Había picado mucha piedra para esconder su pasado: adulando a diestra y callando frente a siniestra: méritos que hizo con tenacidad para conquistar sus metas. Todo fue más ameno gracias a  Gabriel, que, con la ironía,  proponía lecciones más eficaces que el tono paternalista de cuando hablaba de los mexicanos el émulo de mastiques de Milton Friedman y enfermo exacerbado del progreso perpetuo.

Las esposas de los amigos de mi primo hablaban con devoción a todo lo que tuviera vestigio de modernidad, su avidez por la tecnología era preocupante, parecía que cambiaban su teléfono celular cada par de meses. Era muy frecuente que mientras les hablabas veían el celular sin prestarte atención, daban ganas de meterles un manazo. La arrogancia de David – que sus cejas sobrepobladas acentuaban- me parecía era la máscara con la que quería ufanarse de tener un presente y un porvenir exitoso, pero era también la negación de su pasado.

A  pesar de ser domingo ya me había picado con el whisky.  La gente, en cuanto empezó a llover, comenzó a irse. El cielo del domingo se puso gris, como  la imaginación de la baratija de chilangos con los que compartía mesa. Me entraron las suficientes ganas de huir, a pesar de tener que abandonar los buenos whiskys. En la colonia residencial donde vive mi primo hay que caminar mucho para tomar un transporte. Decidí no despedirme, para que no fueran a tenerme la lástima de pedirme un taxi. Dos cuadras después iba a cruzar la calle, cuando pasó David en un auto elegante, no sé si fingió no verme o no me vio, pero aceleró con vehemencia y la velocidad en una calle tranquila en un domingo lluvioso, la tomé como otro de sus gestos pedantes. Tenía los suficientes whiskys en la sangre para maldecir al demiurgo.

El domingo empezaba a tomar el ritmo de una canción triste, oriné el  portón de madera de una casa, que me parecía era la que más agraviaba mi vista y mi moral; por sus altos muros, donde se desprendían cascadas de  enredaderas que querían huir de la casa y  unas gárgolas, como vigilando su avaricia. Decidí, arbitrariamente, que ahí vivía un tirano. Ya no bordeaba los charcos y de vez en cuando pateaba un árbol para ver las gotas caer, ya estaba mojado y lo único que quería era un trago y cambiarme de ropa. Cuadras después, cuando esperaba el camión para la travesía que me llevara a mi casa, se detuvo un coche que abrió apenas la ventana, para que no se metiera la lluvia. Se escuchó una voz tranquila y ronca —Sube, vamos por otro whisquito—La fuerte lluvia no me dejaba ver quien era, ni reconocí la voz por el fuerte sonido de  la lluvia en el capote, como me quedé confundido y no reaccioné, se abrió la puerta: era Gabriel.

Me subí al coche y se escuchaba un disco de Frank Sinatra. Gabriel venía de muy buen humor y no le importó que enlodara su coche, de hecho el interior estaba repleto de latas de cerveza vacías, envolturas de papas y golosinas. Subió el volumen y dijo, con emoción de quien va emprender una aventura, -ahora sí vamos a tomar un trago a gusto, ya soportamos bastante a esos payasos- dijo refiriéndose a sus amigos, que misteriosamente portaban un uniforme adusto contrastante con el despilfarro de vida que sugerían todas las actitudes de Gabriel. Estacionó su coche en un empedrado de Chimalistac, lo que me hizo pensar que él vivía ahí y nos tomaríamos los tragos en su  casa.  Después de estacionar el coche caminamos hacia la avenida Insurgentes, hasta llegar a un lugar que unas luces perturbadoras  anunciaban el nombre del establecimiento: Garden.

Jamás intuí que me fuera a llevar a tomar whisky a un table dance, lo cual me parecía burdo, porque aun conservaba mi afán de joven romántico y creía en las espiritualidades del amor. Gabriel le dio un fuerte abrazo al gerente y  luego me lo presentó, como si yo fuera un gran amigo de hace mucho; el gerente nos llevó hasta una mesa que destacaba de las demás por quedar de frente a la pasarela. Sin que Gabriel o yo hubiéramos ordenado algo, llegó una botella de whisky. Era fascinante la desenvoltura con la que Gabriel fluía, parecía estar en su casa, las bailarinas se apresuraban para ir a saludarlo,  y él les proporcionaba una nalgada o un piropo, acto seguido apuraba su trago y lo dejaba caer en la mesa como si fuera ua espada,  y él fuera el rey de los conquistadores. Dudo que el dueño del lugar se sintiera tn cómodo como Gabriel, que se desenvolvía como si estuviera en una comida con familiares cecanos. Brindaba con las mesas de  al lado y acto seguido decía un chiste, que los cuatro gorditos, que estaban de traje en la mesa del rincón, soltaban una carcajada. Gabriel parecía ser el director de todo el escenario, si quería una canción, una mesera corría a decirle al dj e inmediatamente ponían la canción que quería, casi siempre algo tropical; si quería algún show especial: se celebraba al instante. El micrófono, más de una vez, festejó la presencia “del distinguido Gabriel Fortuna”,  los clientes aplaudían efusivos, porque ya habían sido cómplices de un chiste o eran testigos de ese peculiar garbo que tenía el gordito, que claramente era el rey del lugar. Cuando la botella iba a la mitad y sus palabras empezaban a salir con dificultad, esparció un montículo de cocaína sobre la mesa, que con su credencial del IFE partió en 4 líneas e inhalo dos con la misma naturalidad que si se estuviera comiendo un sándwich de jamón. Sin decirme nada, me pasó el billete como si la posibilidad de negarme no existiera en su mente. Era la primera vez que yo iba a consumir cocaína, pero esa sonrisota que se impuso en Gabriel no me dejó ningún amarre moral y lo acompañé, sin titubear, en esa extraña frescura que fue inhalar el polvo blanco, esa exageración del ímpetu, ese temple de la borrachera, esa falsificación de la naturalidad.

Cuando salimos del elegante lupanar el cielo era color vino y la luna brillaba gigantesca. La gente que atraviesa grandes distancias para ir a trabajar, ya lucía sombría en los autobuses o se estaba empachando una torta de tamal con su atolito.  Rumbo al coche  le pregunté  a Gabriel por qué no lo había dejado en el valet parking, y muy tranquilo respondió que cuando él salía ya no había servicio. Siempre iba preparado para ser el último en irse, incluso le dimos un aventón al gerente cerca del metro, donde yo también bajé.

El resto de mis vacaciones las pasé a lado de Gabriel, me había vuelto su escudero para sus andanzas nocturnas, su consejero cuando dudaba entre el rojo y el negro; confesor de sus sentimentalismos en las tremendas resacas que sufría hasta que la siguiente farra lo sacara a flote. Todas las actividades al lado de Gabriel me divertían, pero pocas como redactar los pésimos poemas  cursis que le gustaba regalar a su amor en turno.

Gabriel era socio de una especie de club donde se organizaban jugadas de póker con cifras altas. Acudían  futbolistas a menguar su carrera;  actores a mostrar otra de sus máscaras;  yuppies a excitarse con cifras, y demás extravagancias rufianescas con las que Gabriel debía y gustaba tener buena relación. Esa era la característica más marcada de Gabriel: su variopinta gama de amistades. Podía pasar la tarde de un martes tomando caguamas en un taller mecánico, y en la noche se ponía tacuche (había que ayudarle con el nudo) para ir al estreno de la película de algún amigo. Los miércoles no faltaba al hipódromo a tomarse una botella de Old Parr y apostarles a los caballos que le parecía que tenían nombres chistosos.  Una vez al mes acudía a algún palenque a apostarle a los gallos, donde en una ocasión se encariño con uno que le había hecho ganar una buena apuesta, y lo compró en una cantidad exagerada para ser un gallo ligeramente herido. El gallo “Chester” vivió con él más de un mes, le daba de comer cereal, hasta que se escapó por una ventana después de picar todos los sillones.

Su personalidad efusiva no lo hacía el apostador más coherente ni un administrador lógico. Pero, poco a poco, fui dándome cuenta que Gabriel lo que quería no era la acumulación de dinero y ser siempre un ganador; sino que jugaba a la ruleta rusa con su capital. Lo que más emoción le daba en la vida era cuando nadaba en una espesa angustia de rozar la llana inopia y deber miles de pesos a sus socios. Era ley que cuando más adversa estaba la situación más grande era el botín que se llevaba en algún casino, o torneo. Y en vez de ahorrar –palabra de la que se mofaba–  celebraba despilfarrando en el caribe. La sonrisa de Baco era su principal motor para andar errante por la vida. No soportaba la quietud, su rutina y su religión era el hedonismo al azar.

La vida me puso a un personaje que necesitaría de muchas cantinas para contar sus anécdotas. Gabriel, como todo gran juerguista, creía haber vivido emociones tan fuertes como un guerrillero. Ante tanto alienado siempre es fascinante encontrarse con personajes que no fluyen con la  economía convencional. Es el dueño de las morales más excéntricas  que he conocido; un ácrata frente a todo dogma ético de la masa común, pero no un descorazonado, tiene su forma de ser solidario y recompensar a la sociedad.  Gabriel tiene demasiado garbo para ironizar los proyectos prefabricados de la gente. Aunque en los crepúsculos de sus juergas Gabriel siempre se pone sentimental y anhela tener alguien a quien amar cursimente. Las actrices con las que sale se dejan deslumbrar por sus billetes y su buen humor, pero siempre quedando atrás por la velocidad que tiene el gran juerguista.  Las jóvenes inocentes, de las que se enamoraba espontáneamente y  trataba con la amabilidad de muchos detalles, se esfumaban por la bipolaridad de su vida, casi todo espíritu era muy adusto para su derroche de vida. La seriedad sentimental se le chamuscaba con unas cuantas cubas que le ponían las alas del deseo, y a ver quien lo bajaba del cielo del placer.

Una mañana de noviembre, que el cielo estaba pletórico de melancolía, salí de mi clase de cálculo y me compré mi segundo café, para escuchar las imitaciones bobas que mis compañeros hacían de la voz aguda del profesor. Cada vez añoraba más dejar la facultad de ingeniería e irme a  viajar o a vivir a una playa sin chilangos. Hoy teníamos partido de futbol contra los de  Filosofía. No tenía mucho ánimo de ir a jugar, pero los de Filosofía tenían fama de no ser muy diestros con el balón. Era una buena oportunidad para sacar unos puntos. En el partido no estuve de bueno humor  y en principio fue bueno para mi función de defensa; iracundo como me encontraba no dejaba pasar a los delanteros. Empezó a llover y se volvió un partido tedioso, ganábamos sólo por un gol pero nos atacaban mucho. En los rivales había un flaquito greñudo que era muy  pretencioso con las fintas,  siempre quería hacer una gambeta de más para exhibir al  rival. En una jugada que podría ocasionar peligro de gol decidí meterle una zancadilla que lo tiró cómicamente en el lodo. En el piso hizo un berrinche como si lo hubiera pateado  fuerte. Me acerqué y le dije -párate positivista llorón-. Mis palabras lo enfadaron y se paró  a empujarme, se amagó una gresca que mis compañeros disolvieron. Me expulsaron por mi patada y a él lo amonestaron por su berrinche. Me fui a la banca para terminar de ver el partido que estaba por terminar. Revisé mi celular y tenía 7 llamadas perdidas de mi primo René. Me fastidiaba la ansiedad que tenía por que le contestara el teléfono. Le marqué para ver cual era su urgencia y sus palabras fueron un estruendo en mi pecho. En el fondo yo tenía la certidumbre de que eso iba a  pasar algún día lejano, pero  en este momento las lágrimas que brotaban de mis ojos y varaban en mi barba, eran la reacción  dolorosa que me producía no volver a reír con Gabriel.

Llegué a la funeraria, todavía con una tonta esperanza de que esto no fuera verdad, las lagrimitas que había vertido en el taxi se volvieron un  llanto cuando vi a la abuelita de Gabriel deshecha, llorando en un sillón. Mi amigo  siempre fue esplendido en atenciones con su abuelita. Era de las partes más nobles de Gabriel. Era mucha la gente aquí reunida para despedir a este gran personaje. Difícil imaginar un velorio  más ecléctico, estaba desde el trío que cantaba en la cantina favorita, hasta un futbolista famoso, que ya no metía goles, pero era un paladín del póker.

En un rincón sus amigos del billar platicaban con risas las mejores anécdotas del “Guajolote”, como lo conocían en algunos ambientes del juego. Gabriel era una leyenda del billar en su colonia. No le habían salido los tres pelos que tenía de bigote cuando ya había sido campeón distrital. Cuando salí del baño me encontré a  Panchito, el parlanchín portero del edificio donde vivía Gabriel. Siempre fue un gran camarada de él y de vez en cuando echaban los pistos. Intercambiamos unas palabras frías que más bien fueron balbuceos.  Después movió la mirada nerviosamente como conteniendo algo importante que decir. Me pidió que lo acompañara al jardín donde, con un disfraz de dolor y espanto, me contó con morbo de detalle como ocurrió la tragedia.

Como a las 11 de la mañana, Panchito estaba lavando una  camioneta en la calle cuando vio que desde la ventana de Gabriel salían billetes que huían como golondrinas. Eran muchos los billetes que bajaban bailando y la gente comenzó a correr para atraparlos. Él al principio pensó que era una más de las excentricidades de Gabriel, pero después de ver tanto dinero –que el viento llevaba hasta una jacaranda y parecía que caían del árbol-, algo no le convenció de que fuera un divertimiento excéntrico, de una de las comunes juergas del patrón y se dirigió hacia su departamento –dejé de agarrar billetes y preocupado fui a ver que pasaba con el  patrón- dijo Panchito en un tono de higiene moral. Cuando subía rápidamente las escaleras lo asustó un estruendo. –Pensé que acababa de destapar una botella de champaña e iba empezar a rociarla por la ventana–  Panchito dijo que tocó varias veces la puerta hasta que lo invadió un miedo terrible porque se hizo un silencio pavoroso, ese silencio frio que hay después de un crimen. Minutos después, con un vecino, derribó la puerta. La escena que describió Panchito es grotesca, encontraron a Gabriel en calzones con una bala en la cabeza, el escusado estaba lleno de billetes. En la ventana estaba el ventilador que impulsó a los billetes a salir como aves. En  la mesa había un par de botellas y un poema ilegible.

Después de muchas lágrimas y dar los fuertes abrazos, que eran necesario repartir y recibir, me dirigí a la cafetería de la funeraria, donde David pedía un capuchino light con una sonrisa infranqueable. Su máscara de cocodrilo redentor no se la quitaba ni para enfrentarse al dolor, si es que sentía algún dolor. En otra mesa, vi algunos de los mafiosos socios de Gabriel, platicando con risas. Sentí que quedarme al funeral era un agravio contra las enseñanzas de Gabriel.

Sombrío salí de la funeraria para respirar con frescura.  La calle estaba tapizada de hojas doradas que disfrutaba pisarlas con mis pasos lentos, como quien huye de la muerte. El aire corría con calma y revolvía las hojas con mis emociones que no encontraban un puerto tranquilo. En lo alto de un edificio había un anuncio espectacular gigantesco con la cara de David sonriendo, en letras azul cobalto decía “Unidos hacemos el cambio, por el México que queremos”.  Desde unos meses para acá su cara figuraba en una nefasta campaña política. Gabriel decía que David nació lastrado de alas, entonces tenía que arrastrarse mucho como un gusano para poder escalar y ser visto. Gabriel comprendía su adusta moral pero no la soportaba, porque bien sabía que sólo era un traje que lo confundía del mezquino que en verdad era.  Ambos veían con hipócrita repugnancia la forma de triunfar del otro. Se veían mucho por amigos comunes y algunos negocios, pero en el fondo se detestaban. De ambos aprendí algo y los dos se mantendrán en mi memoria. El maniqueo David se me aparecerá cuando los arquitectos del porvenir me fastidien el presente con esa estética tan insultante que es la publicidad política, sus slogan atentarán contra mi alegría. En cambio, Gabriel para mí será un ángel que se me aparecerá en el humo de las cantinas. En vez de seguir llorando a mi amigo, prefiero rendirle el homenaje de contar sus andanzas. Todas las risas que desprenda en las cantinas algo tendrán de lo que me dejó ese hombre del que no me canso de contar sus inverosímiles anécdotas, y que me enseño a  reírme con jolgorio de la vida, pero sobre todo de la muerte. Algún día tenías que descansar amigo.

Juan Carlos Schulz
Estudiante de Estudios Latinoamericanos en la UNAM
@jcschulz89

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