enero 20, 2014

Notas sobre “La fila india”, de Antonio Ortuño

Jorge Cano
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En “Teoría del infierno”, Salvador Elizondo sugiere que dedicamos más tiempo a pensar en la idea de infierno que en la idea de paraíso. En efecto: para intuir los límites de la próxima decisión hay que acudir a la métrica del fuego, antes que al premio. La imaginación es otro punto intrigante. Pensar el infierno es evocarlo, especular, rumiar un boceto, construirlo, porque el infierno se concibe, primeramente, como algo trascendental: un escenario más allá de lo inmediato. A los mexicanos nos gustan los infiernos. Pero más que teólogos, ingenieros. Somos, en buena medida, arquitectos de infiernos, de infiernos reales: geográficos, inmanentes, del aquí y el ahora. Tan aterradora como oportuna, la nueva novela del escritor Antonio Ortuño, “La fila india”, versa sobre el infierno que representa, para los inmigrantes centroamericanos, el pasar por nuestro país como ruta a Estados Unidos. Un averno traspapelado entre muchos.

La trama, bien logada, en cierto sentido, es un pretexto. Un grupo de migrantes escapa del Tren. Llegan a Santa Rita donde los hospedan en el albergue municipal. El albergue arde una noche. Decenas de muertos. Algunos sobrevivientes. Irma, el personaje principal, es enviada a Santa Rita, lugar de la tragedia, para laborar en la Conami, la Comisión Nacional de Migración. Lleva a su hija. Empieza a trabajar en Santa Rita, un universo imaginado lo suficientemente flexible para no poder precisar su ubicación, ayudando a los migrantes sobrevivientes. Sabemos que es provincia. Poco a poco, a la par que va construyendo una relación con Vidal, el encargado de la vocería de la Conami, se va enterando del contexto, más por el arrastre del que sentado junto a la ventana es testigo de un accidente no pedido que por la avidez de un noble investigador.

Se conjugan otros personajes básicos: el Delegado, un inútil; Luna, un reportero de la capital que, por su oficio, es, aparentemente, el único enemigo de la Conami; el Morro, suerte de encargado criminal de la zona; y Yein, flaca sobreviviente de la tragedia que su salvación se volverá el ancla de psicológica del personaje principal. Luego, otro ataque. Nuevos nombres aparecen, de carteles éstos: los Rojos, la Sur, etcétera. El tren para en otras ciudades. Conocemos, por otros personajes, la entrada de centroamericanos en otras ciudades. El ambiente se torna hostil, para Irma. ¿El pecado? Ser mujer, tener una cría, poseer información. Simplezas que se vuelven catástrofes existenciales. El error –mortal− de vivir en el lugar equivocado. El infierno va tomando forma.

Lo demás es la conclusión de la tragedia, que cumple, fatal, precisa, hosca, con las pretensiones de la obra: cada personaje llega al límite. Conocemos, foto efímera, las dimensiones del abismo. Control, poder, pocas balas, mensajes, sangre. De nuevo el equilibrio. Se apagan las luces.

Es loable la intención del libro. Una suerte de notificación contundente para colorear la imagen borrosa. Nos llegan las noticias al alto valle, que es el Centro, sobre la existencia de un tren llamado “La Bestia”. Existe el tren. Tiene otro apodo: “El Tren de la Muerte”. Centenas de centroamericanos abordan la parte alta de los vagones. Se agarran de donde sea. Las cajas de la máquina se llenan de cuerpos. Durante el camino sufren todo tipo de extorsiones y peligros. Los comercian como ganado. Las mujeres se tienen que inyectar anticonceptivos antes de abordar el tren porque seguramente serán violadas. La Bestia, una noticia. Nos llegan fotos de la matanza de San Fernando y la nota sobre el descarrilamiento del tren en Tabasco. Luego las noticias se las come el tiempo. Nada trivial, el esfuerzo de Ortuño es presentar una estampa, limitada pero profunda, algo más que una noticia: un texto sólido, la pausa frente a las ráfagas del presente. Buena literatura pues en el texto se concentran varios aspectos. Los trágicos, ya se dijo, cumplen; los sociológicos la engloban. En este sentido, “La fila india” es un trabajo geométrico.

Traigo a colación otra idea del ensayo de Elizondo. En el arte, principalmente en la pintura, es visible que el infierno abusa de la corporalidad de las víctimas. El infierno no es el lugar de la soledad máxima, sino de la tortura máxima. La figura del cuerpo es esencial; se necesita para ser lacerada. Tal vez una definición limpia de infierno es ésta: se vive en un infierno cuando no se sabe si uno va a vivir o a morir, es decir, la pregunta sin respuesta sobre la salud del cuerpo (vivir) o la culminación de la tortura (la muerte, el cuerpo extinto). El miedo tiene la capacidad de imponerse entre las dudas y de distorsionar toda lógica. En la praxis, el miedo es sustancia, líquido, energía corporal. Dice el personaje principal, prontamente en la novela: No podía ayudar a Yein si me mataban. No podía arriesgar a mi niña. Traer de la letra al lector esta sustancia es otro logro de la obra, que se agudiza con el pasar de las páginas. Lo que para Irma es tormento psicológico para el centroamericano es tortura. Tortura múltiple: el hambre, la violación, la denigración y humillación o, en última instancia, la bala en la cien, el cuerpo incinerado. El lector es testigo.

Evocando la voz del ex esposo de Irma, un monólogo atravesado, se logra un acercamiento al migrante con la lupa del prejuicio, que no es un tema desdeñable. El país mestizo no tiene tiempo para ellos. Ellos, los otros. Los más morenos y más chaparros, los de las ropas hechas andrajos; los otros. Lloramos a nuestros muertos mientras asesinamos y arrojamos a las zanjas a legiones de extranjeros y lo hacemos sin despeinarnos ni parpadear. [En suma:] Un país de víctimas con fauces y garras de tigre.

De igual manera, particularmente interesantes son algunos capítulos que no obstante que su  función es robustecer la obra pueden funcionar como átomos independientes, como magníficos cuentos que abrevian tanto la cíclica inoperancia municipal como los afanes maniáticos de provincia. Hablo de “Planes gubernamentales”, “La visita del funcionario alfa”, “Santa Rita, lo que se da no se quita” y, un apartado resoluto, “El tren”. Los cuatro son muestras del genio conciso y mordaz del autor.

Por otro lado está el abismo, esa foto de un complejo orden. Es un abismo al que se accede. “La Bestia” fuerza el dilema de subirse o quedarse. El aquí, en la miseria, o el sueño americano o la muerte. El azar bifurca las sorpresas. ¿Qué características tiene este infierno? Al respecto, en el “Hombre sin cabeza”, dice Sergio González Rodríguez:

Conforme en México las autoridades han fracasado en su lucha contra el crimen organizado y el delito, y sólo desde la irresponsabilidad formalista puede presumirse en el país un Estado de derecho o algo semejante a una democracia, ha crecido la arquitectura institucional que acoge lo funesto, lo cadavérico, los desechos. Una construcción ominosa, suerte de ramal de drenaje profundo que, en lo simbólico, amenaza a toda la sociedad y quiere instalarse en la permanencia más anestésica con su mandato inaceptable: no te metas en lo que no te corresponde.

El mal que se institucionaliza y, lejos de toda fragilidad, puede lograr “equilibrios”, consistentes puntos de armonía, independientemente de cualquier personaje. El Morro bien puede ser el Mocho, el Ciego, el Güero, el Tío, el que sea. La misma repulsiva energía de la anestésica indiferencia es la de la organización, eficaz y eficiente, de lo funesto y lo cadavérico.

Ortuño, escritor de prosa furiosa y nítida, no nos presenta un Estado que falla. Describe uno que ni siquiera intenta. Aquel que sólo sabe producir comunicados para enumerar solidaridades, investigaciones, narraciones de hechos. La solución pertenece a otro orden. El lamento es el oficio: suspirar, bajar la cabeza, redactar la circular. Los funcionarios, ahora y acá, no promueven la muerte. Solamente, en silencio y susurro, la constatan. Hay, pues, que seguir la fila india, sin entrometerse en lo que a uno no le corresponde. Ahí, en la sombra de la bestia, gracias a la pereza de un país que tiene otras prioridades, el mal y el silencio como empresas perfectas.

Un infierno menor, traspapelado.

Hay que leerlo.

 

Aftermath.

Aquí un episodio de la novela:

http://www.letraslibres.com/revista/dossier/caceria

Jorge Cano es estudiante de Administración en el ITAM.

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