enero 7, 2014

El arte de crear un mapa

Guillermo Fajardo
Estación V

Pocos libros que te llevan de la mano. Esta virtud nos sugiere un autor acostumbrado a no desperdigar ficciones sin antes corroborar su verosimilitud. Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978), más que una novela, ha escrito una guía de viajes. Más que una guía de viajes, una memoria glosada. Estación Varsovia (Sediento Ediciones, 2013) es la confirmación de que es posible abrir el telón sin presentar actores: los protagonistas son las hojas, un libro extraño, paisajes inauditos, la soledad como el principal motivo de los encuentros entre extraños.

La de Bugarini no es una escritura límpida pero tampoco accidentada: se declara flexible entre la intimidad “La madurez es un páramo del cual resulta imposible escapar si no se cuenta con las herramientas de la vida convencional”, y lo luminoso: “El sol brillaba en lo alto, muy débil, con rayos tenues que escapaban de las nubes. Era el comienzo o el fin de algo. En la antigüedad los hombres buscaron en el firmamento las respuestas, y era tiempo de hacerlo de nuevo”.

A Bugarini hay que leerlo con una pluma en la mano. Más que aforismos, el autor entrega descripciones cenicientas de una ciudad que nació lúgubre pero que se mantiene viva: “A punto de salir, quedé sorprendido por la uniformidad del tono ámbar de las avenidas, con su trazo tan correcto y sobrio, cualidad propia de las ciudades que esconden secretos”.

El protagonista se sabe exiliado y una mácula que es necesario limpiar: “Cualquier retiro, si va impulsado por la necesidad de volver al origen del tiempo, termina en prisión si no se tienen ventanales amplios para liberarse de las emociones estancadas”. Esta voz es la de alguien que ha perdido algo pero se rehúsa a decirlo. Este es el texto de un desterrado, de alguien que ubica en otro país lo que no ha podido encontrar en el suyo: acaso un amor o una amistad que lo lleve a echar raíces.

Advierto una tendencia del escritor a proyectarse como un perdido. Si bien el protagonista (que podría ser cualquier ser en casa ajena) llena a Varsovia sin la emoción propia de los turistas, sí que le asalta a lo largo de esta novela-viaje la nostalgia de los que viven en el pasado. La historia, si es que podría llamarla así, relata la llegada de un hombre a Varsovia…y eso es todo. No espere el lector encontrar un misterio oculto, ni tampoco escenas de poder, misterios de terror o historias de amor. Esto es un diario, acaso una pregunta lanzada al aire que se desmorona con el contacto: ¿qué hago yo aquí?

La principal virtud del texto de Bugarini está, precisamente, en su planeación: en este mundo editorial, tan lleno de sudores que proponen viajes a las alcantarillas más ignotas del país, tan lleno de mártires sucios y cínicos que no se cansan de retratar a México como una mierda andante, y con una literatura del narcotráfico que no cesa de cantarle odas a la podredumbre, aparece una novela como la de Bugarini, la cual no intenta desmembrar nada ni crucificar a extraños. Un viaje es el pretexto de su tinta. No pasa nada en él, pues es un corto corredor de descripciones, que fluctúa entre el diario como ejercicio vivencial y una especie de novela corta, un híbrido a propósito de una sola decisión: el fraccionar una vida (cualquiera) por el puro placer de hacerlo. Un monólogo que no se distrae en lo que otros piensan, dicen o hacen sino en lo que los propios ojos registran. Este texto es el reverso de la monumentalidad. Se trata de algo pequeño pero valiente.

Además de letras, este centauro complementa lo escrito con lo visto. Hay fotografías que coronan las descripciones del autor. Todas ellas son pura soledad, frío, Europa sin contradicciones. Es otra vez el autor diciéndonos que, efectivamente, lo que nos cuenta fue lo que ocurrió. Es un protagonista honesto que no quiere restarle importancia a nada de lo que le sucede.

Un último apunte: el texto de Bugarini no suelta al lector. Me refiero a que el autor registra paso a paso lo que su protagonista hace. No hay respiro alguno para que podamos imaginar lo que pudo haber hecho o pensado en su estancia en Varsovia. Cada cosa y acción la sabemos. No hay misterios, no hay contratiempos, no hay espacios. El pasado y el futuro del protagonista no importan tanto como la constancia notarial de su presencia en Europa. Que se sepa que estuve ahí, nos dice.

A este texto (que me rehúso a llamarlo novela) lo contienen cuatro puertas cerradas a cal y canto. La imaginación del escritor está ahí contenida y no hay oportunidad alguna de sugerencia. Bugarini nos lo ha contado todo. Nos ha dicho lo que hay decir. Se agradece esta cacería por el registro de cada segundo. Si tuviera que darle un color a este texto, sería sin duda el gris y no porque no pueda decidirse entre los opuestos (el blanco o el negro) sino porque la memoria –el principal componente de este escrito- suena mejor cuando no exagera lo vivido pero tampoco olvida lo ocurrido. Estamos ante la objetividad de un diario. Bugarini no miente. Tampoco sus letras. Nos aleja, por fin, de la masacre cotidiana que vemos y sentimos a diario. Y sin embargo, estamos ante la presencia de un infierno.

Ahora que México está tan de moda, otra vez Europa. Y qué bueno.

 

Guillermo Fajardo es escritor y actualmente se encuentra en proceso de titulación de la licenciatura en Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. @bosh_89

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