noviembre 20, 2013

¿Qué tan bueno es El Buen Fin?

Josemaría Becerril Aceves
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El Buen Fin, como su nombre lo indica, es un fin de semana en el que empresas y tiendas de todo el país ofrecen promociones a sus consumidores, de acuerdo con los organizadores –que incluyen al gobierno federal, a través de la Secretaría de Economía, y a organizaciones del sector privado, como el Consejo Coordinador Empresarial— esta iniciativa “busca reactivar la economía fomentando el consumo, pero sobre todo mejorar la calidad de vida de todas las familias mexicanas”. Tras tres años de la implementación de esta política pública hay opiniones encontradas: mientras que algunos empresarios celebran el aumento en el volumen de sus ventas, otros acusan que falta mayor apoyo a la iniciativa; las estadísticas muestran que los consumidores aprovechan la iniciativa, pero muchos ciudadanos se quejan de publicidad engañosa y otras prácticas ilegales. Sería útil analizar el Buen Fin desde una perspectiva económica para entender mejor qué es y poder sopesar sus costos y beneficios, con el fin de concluir si su continuidad es deseable o nociva.

El principal argumento microeconómico a favor del Buen Fin es que, gracias a las promociones, los dos actores del flujo circular económico ganan. Los hogares expanden su conjunto de oportunidades, porque al bajar los precios su  presupuesto alcanza para comprar más bienes; si obtener más productos mejora el bienestar de las familias, el Buen Fin sitúa a los hogares en mejor posición. Además, al aumentar la demanda de ciertos objetos, también crece la demanda de sus bienes complementarios, por ejemplo, las familias no sólo compran el reproductor BluRay que está en oferta, también adquieren películas para estrenarlo, aunque estas últimas no estén en promoción. En consecuencia, las empresas también se benefician, pues al aumentar sus ventas se incrementa su ingreso total y con ello sus utilidades.

Sin embargo, los argumentos anteriores presentan únicamente una visión superficial del Buen Fin y usarlos para decidir si es benéfico o no puede ser engañoso. En realidad no es tan claro que los hogares ganen gracias al Buen Fin, pues adquirir productos durante esa promoción es más costoso de lo que parece. El beneficio debe calcularse no solo por el dinero ahorrado en los productos que se compraron a precios más bajos, también debe medirse el costo neto de realizar el viaje de compras. Las familias deben sumar el costo del transporte junto con el costo de oportunidad del tiempo que destinan en conseguir las mejores ofertas para determinar si el dinero que ahorraron es mayor que el valor de lo que sacrificaron.

Igualmente, los consumidores deben tomar en cuenta que las grandes empresas, como organizadoras del evento, buscan maximizar sus beneficios.

En las tres ediciones del Buen Fin la Procuraduría Federal del Consumidor ha denunciado que varias empresas incumplen ofertas, difunden publicidad engañosa y reetiquetan sus productos. Asimismo, los negocios publicitan espectacularmente ciertas rebajas con el fin de atraer consumidores, quienes –aunque se den cuenta que muchos productos se mantienen al mismo precio— van a comprar por el principio de bienes complementarios y porque ya gastaron en ir a las tiendas.

El segundo argumento, sobre el beneficio para los negocios oferentes, también es tendencioso. En México pocos mercados se rigen por el principio de competencia perfecta y en muchos de los sectores económicos más importantes hay estructuras oligopólicas; las empresas que controlan más sectores del mercado son capaces de invertir más en publicidad y de dar mejores ofertas que las PYMES, pues su alto número de ventas amortiguan cualquier rebaja. Igualmente, las políticas públicas que buscan incentivar el consumo durante el Buen Fin apoyan a las grandes empresas: el gobierno sorteará el reembolso de sus compras entre los consumidores que las realicen con tarjetas bancarias, sin embargo, según cifras de Visa sólo 2 de cada 10 PYMES aceptan pagos con medios electrónicos, por lo que se incentivará la demanda de bienes principalmente para los grandes oferentes.[1]A pesar de que Jorge Dávila, presidente de Concanaco, celebra que las ventas rebasaron los 160,000 millones de pesos, según datos de su propia organización la mayoría de este dinero “se concentra en entidades que pueden ofrecer promociones ligadas a tarjetas de crédito, establecer alianzas con proveedores para exclusividades de productos y servicios, y generar acuerdos con las marcas para compartir los costos de publicidad, particularmente las departamentales y de autoservicio.”[2]

Aunque las cifras de compras y ventas son alentadores –según los análisis del gobierno y asociaciones de empresarios– es importante analizar cuántas de estas transacciones se realizaron con tarjetas de crédito o aprovechando promociones de meses sin intereses (que, a simple vista, superaron en número a descuentos sobre el precio), para determinar si el Buen Fin en realidad ayuda a las familias mexicanas.

La teoría económica tradicional plantearía que las personas saben exactamente qué van a comprar, cuál es el precio de dichos productos y cuándo es mejor comprarlos, por lo que a lo largo del año ahorran parte de su ingreso con el fin de realizar fuertes gastos durante el Buen Fin o deciden usar su tarjeta de crédito y endeudarse porque conocen cuál será su ingreso futuro y saben que podrán costear dichos préstamos. Sin embargo, la mayoría de los individuos no es tan racional como se plantea en el paradigma económico; los hogares realizan muchas compras durante el Buen Fin sin analizar su liquidez y capacidad de crédito.

 

Aunque las personas intenten adquirir únicamente los bienes que realmente necesitan, ante el embate de la publicidad y de los atractivos métodos de venta es difícil resistir las tentaciones. Frecuentemente nuestras decisiones de consumo se basan en impulsos automáticos o en el aumento irracional del compromiso, es decir, en tomar decisiones irracionales para justificar decisiones que ya se han hecho. La mayoría de los individuos no son capaces de decidir cuándo renunciar a actividades poco rentables, si ya se hizo la mala inversión de destinar todo tu día a buscar productos en oferta y formarse en filas interminables, se estará inclinado a comprar más de lo que se tenía planeado, de todos modos ya “se está allí y hay que aprovechar el viaje”. Según KantarWorldpanel México, durante la edición pasada de este programa, casi  la mitad de los hogares mexicanos que aprovecharon las ofertas adquirió algo que no tenían planeado comprar.

Los argumentos a favor del Buen Fin se basan en presupuestos que en el caso mexicano no son ciertos; esta iniciativa no tendrá beneficios claros mientras que se mantengan estructuras oligopólicas en muchos mercados y los consumidores no sean individuos racionales que analicen todos los costos de oportunidad en torno a una compra. Sin embargo, tampoco queda claro que el Buen Fin tenga efectos nocivos[3], por lo que no se puede determinar tajantemente si es mejor preservarlo o terminarlo. Lo ideal sería impulsar, por medio de la educación, el consumo responsable y ordenado; y vigilar, a través de institutos como la Profeco, el comportamiento ético de las empresas involucradas.

Estudiante de  Política y Administración Pública en el Colegio de México.

 

[1] Ilse Santa Rita, “Pymes, con desventaja para el Buen Fin”, http://www.cnnexpansion.com/emprendedores/2013/10/30/pymes-se-quedan-al-margen-del-buen-fin, consultado el 19 de noviembre de 2013.

[2] Gabriel Zaldívar, “OPINIÓN: ‘El Buen Fin’, ¿entre la reactivación económica y el consumismo?”, http://mexico.cnn.com/opinion/2013/11/14/opinion-el-buen-fin-entre-la-reactivacion-economica-y-el-consumismo , consultado el 19 de noviembre de 2013.

[3] Además de impulsar el consumismo, pero este es mal es inevitable en la estructura económica y social de la mayor parte de Occidente.

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