septiembre 20, 2013

Ensayito sobre economía

Jorge Cano
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Falla técnica: Desajuste momentáneo, pero superable, entre la caja de velocidades de la teoría neoliberal y la realidad de las llantas ponchadas del batimóvil monetarista que conduce a la post­modernidad.

−Julián Meza

No quiero hablar de la reforma energética –ni de ninguna reforma− sino de un tema singular que me parece se asoma en el debate: la negación ideológica del mismo. Se habla del estancamiento, de que es natural la invitación a la inversión privada. Se habla de que el pasado nos pesa, que las ideas viejas ya deberían morir, que se les nota a éstas el óxido, que se necesitan, por eso, ideas nuevas, “modernas”. El futuro nos habla y nos exige que estemos a la altura: vanguardistas, liberales, sin ataduras ideológicas. Ayer pasó, dice Quevedo, y mañana no ha llegado, puesto que nos resistimos, no vemos esa luz que nos llama a reformar, transformar, reestructurar desde nuevos modelos. Y esta euforia, que es académica y política, se le priva de un estatuto ideológico, pues su raíz está en la economía, que es matemática, y por lo tanto inmaculada.

Hace unos días escuché a Gabriel Quadri hablar sobre la reforma energética. Al responder sobre nuestra costumbre de privatizar mal los monopolios, argumentó con carácter que la historia es larga, que también hemos sufrido las calamidades de los monopolios públicos. Sufrir: emoción que nos doblega. Yo nunca he sufrido por la corrupción o la producción a la baja de Petróleos Mexicanos, sino me entero y entonces lo lamento. Nunca he tenido en realidad  una afectación emocional, católica, física, inclusive patrimonial. Nunca un primo mío asistió a un campo de concentración de Luz y Fuerza. Los monopolios públicos son pirámides torpes, sí. ¿Feas e innecesarias? Relativo. Sí existe por supuesto una pulsión ideológica, callada, negada o inconsciente en toda opinión. No gana nada el juicio con pretender ser neutro, que no lo es. Y desespera su silencio. Abuso con el ejemplo, pero la riña, así callada, se vuelve moral.

Achaco esta introversión ideológica a la naturaleza de la economía liberal producida en la academia, que coquetea con la ciencia y se hincha por el prestigio de sus autores ganadores del Nobel. Pensábamos que después de Nietzsche cualquier catedral filosófica era imposible. Que los sistemas filosóficos por su propia omnipotencia se vienen abajo. Si la premisa es el hombre como un ser limitado (no puede escapar, por ejemplo, de su muerte), su genio es en consecuencia limitado. La pretensión por poder alcanzar la verdad es real, cada época quiere sus verdades, pero éstas no son imperecederas, sino vegetales: mueren pasado un tiempo. O por lo general, las verdades son ilusiones, relatividades que engañan. Me parece curiosa la omnipotencia de las ideas económicas en el siglo XX, aún después de Nietzsche.

Adam Smith, lo digo con franqueza, me suena a anécdota metafórica: “el carnicero”, “el puerto”, “el individualismo”, “por tanto alfa”. Hayek a Hegel. Friedman a Kant. Y la comparación no es burda: la economía del siglo pasado es la obra más acabada del pensamiento idealista, pero no lo tomamos como tal. La respetamos, la veneramos, escuchamos sus instrucciones. Son sistemas, modelos, reflexiones totalizantes, que explican, sin miedo a equivocarse, cómo debería de funcionar un grupo social, y no sólo eso, sino cómo también se debería interactuar entre sociedades de distintas regiones.

Encuentro, sin esperarlo, unos párrafos idóneos de Antonio Gramsci. En estos párrafos exhibe las pretensiones de la sociología, encuentra sus límites. Dice el autor que a pesar de que la búsqueda de “leyes” de uniformidad –por ejemplo, de comportamiento- sea útil e interesante, la sociología no deja de ser una tendencia, un intento por describir y clasificar esquemáticamente hechos históricos y políticos según criterios construidos con el modelo de las ciencias naturales. Este esfuerzo presupone, dice Gramsci, una base filosófica: se subordina a una interpretación particular del saber. No es filosofía. Es la intención por encapsular el mundo en un formulario de bolsillo. Al pan, sentencia, hay que llamarle pan. En la nota que finaliza el capítulo deduce lo siguiente, al reflexionar sobre la generalización de las leyes, los supuestos y los conceptos: […] se cae en una forma barroca de idealismo platónico, porque estas leyes abstractas se parecen extrañamente a las ideas puras de Platón, la esencia de los hechos reales. Jugar con este párrafo es fácil: cambie, lector, la palabra sociología por economía, luego relea.

La alegoría de Robinson Crusoe es eso: evocación, relato, imagen. Los modelos econométricos son conclusiones inductoras: leen el general en el particular. Los sofismas son vastos, algunos vienen desde el XIX y han bajado el tono –como los relativos a la meritocracia−, otros son nuevos y se abstraen de comprobaciones empíricas. Existe semejanza  entre el “mercado” y el “absoluto”. Son espectros. Contingencias conceptuales que perturban repetidamente en la historia las reflexiones de los hombres de ideas. Porque la economía liberal más que esfinge, es idea. Y eso no está mal. A veces se impone como dogma y eso es criticable.

Se debate con lo que flota en la superficie. Con esa farsa liberal de pensar que el ciudadano no es político o que lo matemático no es dogma. Con esa linealidad del pensamiento que plantea que, de un lado, agarrados de la mano, están Stalin, Castro, Chaves y los sindicatos, que son malos, y, del otro lado, Wall Mart y CEMEX, que son buenos, para reducir el “liberalismo” al volumen de una regla de plástico.

 Una desesperación por separar. Uno esfera aquí; una esfera allá; otra esfera por esta esquina. Y como toda filosofía hay por supuesto una raíz: la lectura del hombre como un animal egoísta pero profundo (se dedica, por lo general, a maximizar y racionalizar); el positivismo y el empirismo científico; “lo sociedad no existe”; Adam Smith muy atento, sentado en una banca, en una tarde, ante la mecánica fantástica de un puerto inglés; los numeritos mágicos que ordenan (la hacen terrenal) toda ciencia social; la escuela de Viena.

O a veces pienso que la economía solamente sirve para que, una vez en crisis, se pueda dar una explicación a la ciudadanía. La economía como un lenguaje de desastre. Nadie que no pueda explicar una crisis puede ser Secretario de Hacienda. El poder tiene una necesidad de conceptos, explicaciones, formatos, modos. Necesita explicar y convencer. La ciencia económica concede la sofisticación deseada. Está por ello siempre esa reciprocidad latente con la academia. No es ufanidad lo que plantea Gabriel Zaid (liberal auténtico): en México, lo universidad sirve más para subir que para saber. Los pensadores griegos estaban conscientes, también los eruditos medievales: la contemplación vale para admitir intuiciones, para acercarnos a la verdad, y ya. Hasta ahí. Giro copernicano. Ahora, la universidad, como institución, comercializa las credenciales del saber: quién sabe, quién no, quién medio sabe*. Los especialistas monopolizan el debate: los debates sobre economía y los debates sobre política. La universidad permite que el saber sea rentable. Hay una fascinación por las credenciales académicas y, particularmente, por el saber económico. Se nos hace normal −y justo− que el burócrata del conocimiento pase a ser el burócrata de las providencias. Sócrates, en nuestros tiempos, sería Gobernador del Banco de México.

En realidad el liberalismo es liberal en tanto que los intereses privados desconcentran los nudos del poder, genéticamente, es decir, el caso primero, el capitalismo burgués frente a los compactos poderes monárquicos, a diferencia de esa concepción de que el liberalismo es el amor fidedigno por la divinidad de la clase empresarial en sí −entiéndase desde una percepción contemporánea. El liberalismo político busca limitar los poderes piramidales de un régimen; el social, los de la moral hermética; el económico, los de la centralización. El liberalismo que deja que el flujo de intereses no pluralice ganancias, inteligencia, tecnología, sino que los concentre, es, pues, no tan liberal, y es el distintivo de la derecha de las últimas décadas del siglo XX: Thatcher, Reagan, etc.

Por último escribo que no he querido tocar esos ya tan tocados temas de “la tecnocracia”, “el neoliberalismo” o “los nuevos políticos contra los viejos políticos”, cuestiones cardinales que explican la evolución política desde finales de los setenta. Los asumo. Me gusta pensar que para salir del infierno del lopezportillismo bastaba una calculadora. No presento hipótesis alguna. No veo con claridad la suma de causas sino solamente la representación popular de un sentido común. Parece cierto que desde entonces se ha impreso una percepción hegemónica todavía válida, ese fetiche por el título universitario, que nos purifica y purifica al prójimo del pecado original de no haber estudiado para A y B exámenes, amalgamado con ese otro fetiche del poder de la economía, que explica el ayer, el hoy y el mañana, como frente contra la incertidumbre, intención análoga a la de Hegel, aquel totalizador idealista.

Jorge Cano. Estudiante de Administración en el ITAM.

 

Notas

Sobre el epígrafe:

http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/8894441

http://biblioteca.itam.mx/estudios/47-59/47/JesusSilvaHerzogBestiasconcharnoy.pdf

*Las ideas del octavo párrafo son de Gabriel Zaid. Ha escrito “n” ensayos sobre el tema e incluso un libro compilatorio: “De los libros al poder” (1988). En ese párrafo parafraseo este ensayo:

 http://www.letraslibres.com/revista/dossier/instituciones-de-la-cultura-libre

Quadri, el hijo, hablando de liberalismo:

http://www.adnpolitico.com/opinion/2013/08/16/luciano-quadri-liberales-de-mexico-a-cerrar-filas

Antonio Gramsci, “La política y el Estado moderno”,  España, Público, 2009.

La cita de Quevedo es uno de los epígrafes del libro “Después del Milagro” (1990), de Héctor Aguilar Camín.

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