agosto 25, 2013

Halley, una película sobre la existencia humana

Fernando Bustos Gorozpe
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Halley es la opera prima de Sebastián Hoffman al lado de Mantarraya producciones, un proyecto que según el director, surge a partir de su cortometraje Jaime Tapones que aunque también explora al hombre desde una trinchera existencialista difiere  en el planteamiento narrativo, la problemática. La cinta que ya ha pasado por varios festivales, es un logro en materia cinematográfica que retrata al D.F. como un lugar invadido por la infinitud, donde la gente se traslada en el metro como si fueran títeres desprovistos de razonamiento; exhibiendo ese lado gris que sólo una gran ciudad caótica como la de México puede lograr, un lugar  que continuamente invita al absurdismo ante la cantidad de caras que topamos a diario y que a la vez evitamos por rechazo a la cercanía momentánea.

La película nos deja ver la vida de Beto (Alberto Trujillo), un enclenque sujeto que trabaja como guardia de seguridad en un gimnasio. Un tipo solitario, callado y que padece de una enfermedad rara que lo carcome sin compasión: su cuerpo ha perdido la sincronía con la vida y se está muriendo en vida, se está transformando en una especie de muerto-viviente. Lo interesante aquí, es el planteamiento del zombi que difiere del común de películas de este género, ya que lleva la problemática de la vida carnal ‘más allá de la muerte’ hasta un punto en que obliga a una interpretación filosófica. Beto es un no-muerto en  sentido completamente kantiano (juicios indefinidos), es un ser que ha superado a la muerte misma y que más que ser un mero ‘ser para la muerte’ como exponía Heidegger, es un cadáver pestilente que deambula por las calles y que enfatiza al cuerpo como principio y trámite de la humanidad.

Así, Beto a pesar de ser un muerto- viviente es una persona obsesionada con  los objetos que habitan su casa: lava los trastes a diario, lustra la vajilla y quita el polvo a la perfección, esto tal vez como un mero reconocimiento del cómo estos parecen sobrevivir intactos al tiempo a diferencia suya; el que Beto trabaje en un gimnasio rodeado de gente angustiada por la ‘belleza’ de su cuerpo abre el cuestionamiento sobre quién está más muerto en realidad, él que es un zombi reflexionando continuamente sobre su condición o ellos que viven sin el menor cuestionamiento sobre su existencia, recordando aquella máxima socrática que dicta: “una vida sin examen no vale la pena ser vivida” (una vida sin reflexión). Conocerse a sí mismo puede ser perturbador para varios.

Curiosamente uno de los mejores diálogos se da, cuando por accidente,  él termina en la morgue platicando con un embalsamador, quién  lejos de sentir miedo o asombro hacia lo que Beto representa siente compasión y familiaridad, razón por la que lo invita a quedarse a vivir en la morgue pues es un sitio seguro a comparación de la calle donde podría pasarle cualquier cosa como ser desmembrado y  seguir existiendo, de manera cartesiana, separado de su cuerpo (res cogitans – res extensa). Una forma moderna de reinterpretar quizá esa famosa oración de Deleuze: cuerpo sin órganos.

La enfermedad que Beto porta es la verdadera enfermedad mortal teorizada por Kierkegaard, no la muerte en el común de los sentidos sino el saber que se está condenado a vivir (a superar a la muerte misma) para siempre, una pesadilla que sólo desde el paganismo moderno puede ser reelaborada bajo la figura del zombi. Todos somos Beto, todos comenzamos a morir desde el momento en que nacimos.

Plagada de escenas profundas que no sólo se reducen a buenos encuadres y actuaciones sino también a diálogos y silencios reflexivos, la película termina siendo un magnifico ensayo sobre la muerte frente a la pulsión que nos lleva a querer vivir presos del goce y del instante, como si la vida siempre superara a la muerte.  La propuesta de Hoffman logra abrir el diálogo alrededor de ciertas problemáticas que en el cine sólo se habían mostrado de manera exagerada o risible sin que se prestara para análisis hondos.

Halley, es una bocanada de aire fresco para el cine mexicano,  una película que merece reconocimiento desde todas sus aristas, la actuación de Alberto Trujillo como Beto, el maquillaje logrado por Adam Zoller, la fotografía de Alexis Zabe y el guion conjunto entre Julio Chavezmontes y Sebastián Hoffman. Todos ellos personas jóvenes que con ésta cinta marcan un esperanzador futuro para el cine nacional. Hacía mucho tiempo que una película mexicana no lograba impactar de manera existencial al espectador hasta el punto de lograr una repulsión ante lo grotesca que puede ser la vida, tal y como queda retratada en varias tomas.

Maestrante en Filosofía por la UV, profesor tutor del ITESM, Collaborative Intelligence en Swarm Insights. Colaborador en: La Tempestad, Semana de Frente, el Fanzine, Cuadrivio y Filme Magazine.

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