agosto 23, 2013

La bragueta y la cantina

Humberto Enoc Cavazos Arózqueta

 

cantina

A Graciela Pérez, mi Titi, mi amor, mi inspiración.

 

No suplicó por su vida. Solamente hizo una insignificante solicitud antes de que lo acribillaran a balazos en el baño de La Gusana Cantora, cantina propiedad de don Fidelio Astorga Romero. Quizá una copa más o un par de tragos menos hubiesen evitado el derramamiento de sangre. Nunca nadie se lo preguntó. Tampoco lloraron al hombre inocente asesinado cobardemente por la espalda, pues llevaba solamente 6 horas en el pueblo cuando le arrebataron la vida; solamente los borrachos que se encontraban en el mismo antro vieron cómo un grupo de meseros sacaron al cadáver para depositarlo en la basura.

— ¡Tenemos un chingo de chamba, carnal! Mañana lo enterramos, ¿no?

Pos sí… —respondió apático el fatigado camarero, y a las de tres lo metieron en el basurero industrial que tenían en la parte de atrás.

Solamente el señor Astorga sabía el nombre del cuerpo sin vida de aquél extraño que llegó a pedir una orden de tacos de barbacoa y una botella de mezcal. Pero los espíritus del alcohol y la noticia de que habían matado a un cristiano en su negocio hicieron que lo olvidara instantáneamente. Se llamaba Arnulfo Nepomuceno Arenas Frías y había llegado a eso de las ocho de la noche a San Jacinto del Real. Cuando descendió del tren preguntó por un lugar donde pudiera comer y tomar algo y recondenaron La Gusana Cantora.

Cuando entró a la cantina se sentó en una mesa arrinconada. Ordenó y se dispuso a comer y a emborracharse. Tenía pensado pasar la noche en aquel pueblo pintoresco y carismático; nunca se imaginó que ahí habitaba la persona que en unas horas, antes de tomarse la del estribo, le iba a meter 4 balazos en la espalda. De haberlo sabido, como se dijo antes, tal vez no se hubiera tomado ese último vaso de mezcal; tal vez solamente media botella y a dormir; tal vez nada más unas cervezas.

Fidelio lo vio entrar y se dijo a sí mismo que si no se iba antes de la media noche iba a acercársele para conocerlo. Esto a causa de que odiaba tener briagos extraños en su establecimiento entrada la madrugada. Y así sucedió. Cuando dieron las 12:01 AM, el dueño del local se sentó junto a Arenas Frías y, luego de ofrecerle un cigarrillo y de que encendiera uno para él, le soltó:

— ¿No viene Ud. muy seguido por aquí verdad? —Le preguntó aguantando el humo. Acto seguido, exhaló—. Porque no recuerdo haberlo visto nunca antes por estos rumbos.

Arnulfo, desde que Fidelio decidió ocupar la silla que tenía de frente, permaneció inmutable viendo al desconocido de bigote y barriga prominentes que así de huevos se le sentó en la mesa. Había aceptado el cigarro. Fumaba. Meditó antes de responder:

—La verdad ni sé cómo chingaos terminé aquí. Pero el pueblo me gusta. La comida estuvo buena y el alcohol de precio aceptable. Mi nombre es Arnulfo—le dijo mientras le extendía la mano—, y vengo de ningún lado y todavía no sé a dónde voy. Ando queriéndome olvidar de algunos tristes recuerdos.

—Pues ha venido al sitio correcto.

Los dos fumaron, tomaron y hablaron durante un buen rato. Ambos disfrutaban transitar, disfrutando cada paso, cada trago, el camino que va de la sobriedad a la embriaguez. Se contaron chistes, rieron y cantaron canciones de desamor con voz febril y llorosa. Bebían ignorando a los demás comensales, absortos en su mundo de sentimientos y sensaciones. La vida comenzaba a valerles madres. Así estuvieron hasta que Arnulfo Nepomuceno Arenas Frías interrumpió abruptamente a Fidelio, que se quejaba del equipo de fútbol que apoyaba:

—Voy al baño, compadre.

—¡Pásele, mi hermano!

Era la octava vez que se levantaba al baño. Tenía muchas ganas; se las había aguantado por cortesía con su nuevo amigo. Así que se dirigió a los sanitarios, estos se encontraban, como todos, al fondo a la derecha de la cantina, caminando como pasmado, escuchando la música de lejos y reflexionando acerca de sinsentidos entre murmullos y hablando en voz alta.

¡Qué a toda madre es este cabrón de…! ¿Cómo se llama? ¿Fi… Filiberto…Fi…listeo….? ¡No seas pendejo, se llama Fidelio! ¡Fidelio, a huevo! ¡Mi compadre Fidelio! Pinche vieja… Es que nomás la vuelva a ver y le voy a cantar una de esas cancionononas, una de esas ¡en las que las manda uno a chingar a su madre! ¿No habrá un chichero en este pinchi pueblo? ¡Qué peda traigo! ¡Ay, cómo la extraño, vieja méndiga! Orita que regrese con ese güey le voy a preguntar. ¡Se me acabó la fuerza de la mano izquierda! ¡Ay, ay, ay!

Entró a los baños y se posicionó frente aun mingitorio. Se bajó la bragueta

Aguanta…aguanta… Ah…Qué delicia… Apúntale ahí con la pistolita… Sí…ahí…jejeje… Qué chingón es mear, me cae de madres…

De pronto un ruido inconfundible, intimidante y aterrador: el que hacen los revólveres cuando se amartillan. Instantes después el hielo del acero del cañón en su nuca.

¿Ah, chingá? Debe ser una broma… ¿Qué chingaos está pasando? ¡Me van a matar! ¡Qué pedo!

—No te voltees —dijo una voz imposible de distinguir si de hombre o de mujer—, o te lleva la verga.

No ma… Qué se me hace que esto no es broma. Y aquella pinche vieja seguro dormida en paz en su casita. Cómo me gustaría decirle que la quiero bien, que la quiero un resto…

No me volteó—respondió arrastrando las palabras—; pero no dispare.

Ay nanitaa…no me quiero morir… ¡No me quiero morir! Tengo que arreglar muchos problemas

— ¡Tú a mí no me das órdenes, borracho pendejo!

Aunque pensándolo bien… Igual y me ahorraría muchos pedos si este pinche loco o loca le jala de una vez…

Arenas seguía con el miembro sostenido con los dedos índice, medio y pulgar de la mano derecha. La otra en el bolsillo. Los ojos perdidos en un cartél que decía: ¡Hazte pa´lante, no seas presumido!, que colgaba frente a él. Le costaba mantener el equilibrio y

¿Qué me harán si me volteó? ¡Pinche curiosidad! Tengo unas ganas de ver a este culero a esta cabrona a la cara. ¿De verdad me llevará el carajo ahorita? ¡Qué ganas de chingarme un último mezcalito! ¡Qué ganas de acabarme esa botella que dejé en la mesa!

—Te voy a matar —dijo la voz con una frialdad inquietante—. ¿Alguna última sugerencia?

De verdad que la amo. Me va a extrañar la jija de la…

— ¡Contesta! —Insistió la persona que apuntaba a la nuca de Arnulfo Nepomuceno.

Alguna vez leí algo así como algo así que era como si me van a matar mañana, que me maten de una vez. ¿O era que si me la iban a mamar mañana que me la mamaran de una vez? ¿O las dos?

Volvió a sentir el metal.

Te quiero un chingo, vieja…

—Esta bien. Un último favor.

Llevaba todo el tiempo en la misma posición. Solamente se tambaleaba su cuerpo como árbol cuando lo mueve el viento.

—Lo que me pidas…

—¿Me dejas guardármela y subirme la bragueta antes de que me mates, por favor?

—Está bien.

Hizo lo propio y se subió la bragueta.

— ¿Listo?

—Listo.

El o la asesina dio dos pasos hacia atrás, apuntó al bulto que formaba la espalda de Arnulfo Nepomuceno Arenas Frías y lo coció a balazos ahí mismo. Después quizá desapareció, pues cuentan que jamás supieron de quién se trató, cuál fue su móvil o a dónde fue a parar. Lo único que perduro a través de los años fue la anécdota que narraba como, en el baño de La Gusana Cantora, cantina de don Fidelio Astorga Romero, mataron a un hombre inocente a balazos y por la espalda. Jamás se supo ni se sabrá quién fue. Algunos se han aventurado a especular que se trata del mismo que colgaba a las ratas y a los perros muertos de las farolas de San Jacinto del Real. Mas nadie logró probar nunca esto.

Humberto Enoc Cavazos Arózqueta. @HECavazosA 

Estudiante de Derecho en la Universidad Iberoamericana.

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