julio 8, 2013

Las efigies del horror

Guillermo Fajardo Sotelo
cabezas

Una cabeza cortada es la representación más inmediata y apurada de una realidad que no alcanza a entender sus propios límites. A veces, esta parte del cuerpo sin vida se puede encontrar en lugares inesperados o a plena luz del día en cualquier ciudad de México. Sin ir más allá: a veces parecen ir con remitente. Cabezas bien cortadas, mal cortadas, con los ojos cerrados, con la lengua afuera, llenas de lodo o bien limpiecitas. Cabezas con la marca del profesional, cabezas con la marca del temeroso, cabezas con el higiene del experto. Depende del verdugo, depende de la prisa, depende de la víctima. 

El destape de la cloaca del narcotráfico en el seno del sexenio del Presidente Calderón catapultó la misión de lo siniestro hacia nuevos planos: “México es el país donde la barbarie se ha vuelto parte del paisaje. Violencia y muerte, cuerpos abandonados, impunidad atroz. Todos los días, a todas horas, en todos los lugares. Brutalidad, crimen, intimidación, terror: la gente lo vive como parte de una vida”.[1] El estilo trágico de Curcó es en cierto sentido excusable: los sinónimos usados en la construcción del párrafo no deben ser vistos como en exclusiva responsabilidad del que escribe, pero un reflejo de la realidad en la que vive. México ha transitado del escalofrío ruin a la indignación constante.

La captura, consolidación, y trivialización de la violencia ha encontrado en la satisfacción de unos pocos un espiral constante de impunidad: la república mexicana bien puede ser vista como un muñeco descocido que quiere ser remendado a costa de más balas. Algo así nos quiere decir Sergio González Rodríguez en su libro El hombre sin cabeza. Desde Huesos en el desierto, el autor había señalado con terrible precisión, por un lado, a las autoridades cómplices que, bajo un velo de supuesta ineficacia gubernamental, solapan a criminales y, por el otro, a los propios criminales, despojados de cualquier forma de pudor o respeto hacia el otro. Una especie de zombi: “El zombi no reconoce esa desmesura del otro, o más concretamente, no conoce la otredad, y reduce a una equivalencia apetecible todo lo que sale a su paso”[2], o esta otra: “El zombi no es un yo. No es un sujeto. Ese estado de transición entre la vida y la muerte, esa muerte eternamente prolongada del zombi, fuera del tiempo y del espacio, se posibilita gracias a la pérdida de la identidad y al aborrecimiento del binarismo entre lo mismo y lo otro[3]”.

La configuración de un territorio del horror ha sido desmenuzada en todas sus partes por González Rodríguez. La pluma desenfadada del autor advierte la conciencia de lo anormal que, más allá de su ruptura con lo cotidiano, nos horroriza porque en verdad sucede. Este es el punto que, creo, mejor toca el autor no solamente a lo largo de El hombre sin cabeza sino también en Huesos en el desierto. El relato del crimen, una y otra vez, no supone avejentarlo pero agregarle nuevos detalles. En Huesos en el desierto, González Rodríguez hace una lista escalofriante de las muertas; y es como si no tuviese tiempo para examinarlas a fondo, porque cada cadáver importa tanto como el otro. La narrativa exhaustiva de los cadáveres, más allá de agregar detalles perturbadores, sirve como un modo cansado de recordar a los ausentes: importa la longitud de la lista pero no las especificaciones de cada muerta. Importa más el tiempo que nos tomamos que las imágenes que nos evocan.

Un botón de muestra: “19/03/02, Alicia Carrera Lagunes, 75 años, y Carolina Carrera, 34 años (Síndrome de Down), domicilio Alatorre 1876, Colonia Obrera, ambas fueron golpeadas, quemadas, amordazadas, atadas de pies y manos, las cabezas cubiertas con bolsas de plástico, se intentó incinerarlas. 28/01/02, Mercedes Ramírez Morales, de 35 años, obrera de la maquiladora Ademco, faldas del Cerro Bola, tenía signos de violencia sexual y la cabeza golpeada con una piedra. 20/01/02, Lourdes Ivette Lucero Campos, 26 años, nutrióloga de la maquiladora Motores Eléctricos, el cuerpo flotaba en un canal de irrigación paralelo a la carretera Juárez-Porvenir, victimada a golpes…[4]” ¿Es una falta de respeto del autor poner las maneras como fueron asesinadas esas mujeres? ¿Qué pretende? La oxigenación que pasa por cada nombre que se lee en esas páginas cultiva el arrojo de lo macabro pero a la vez lo trivializa. Es imposible no acabar exhausto después de leerlo. El reflejo de una cultura del exterminio que vocifera y hace alardes de nuevos métodos de destrucción es una cultura de lo absurdo. Como no hay a lo que asirnos, pugnemos por una victoria de lo vacío: mensajes en los cuerpos; mujeres asesinadas; decapitados; triunfalismo explícito en la violencia; indiferencia como parámetro para entrar al negocio, una exclusiva forma de matar, y de matarse.

El narcotráfico en México ha permeado tanto en el imaginario social entre ciertas clases que la salida fácil de una vida entre penurias supone volverse sicario. El alumbrado de una conciencia pública ha quedado roto y apenas funcional. El sicario es aquel que interioriza un código para después tatuarlo. Los decapitados son la conversión fáctica más directa de ese código. Quién decapita también es decapitado: los síntomas del eunuco emocional se traducen en la facilidad para realizar el trabajo. Una cabeza más, una cabeza menos. Un hombre sin cabeza representa el completo anonimato del cuerpo: un torso abúlico e inerte sin la espesura propia de los vivos. “Mi amigo el experto me explicaría en otra plática que los cortadores de cabezas son personas primarias. Carecen de inteligencia emotiva, capacidad de abstracción, normas morales, excepto las más básicas: respetan y cuidan a sus mujeres y a sus hijos[5]”. ¿No parece esta descripción propia del zombi moderno: una masa amorfa llena de pústulas y moretones que se irritan al contacto con otros, y que más que seres ajenos al mundo parece construcciones concretas de un modo de ser?

El mundo del narcotráfico es un universo que, más que pura obscuridad, goza de sus propias tonalidades. Entre ellas, el establecer en el cuerpo del torturado una especie de síntesis de la violencia: es la cabeza el desgarramiento más completo de esta tesis, en donde las premisas sugieren los instrumentos con los que la operación se hace, y el resultado el mismo cuerpo del penado. Los cuerpos también demarcan territorios, fijan conceptos de violación hacia el otro grupo y eliminan el nivel anterior de violencia para escalar a uno más alto de locura. Ya lo advertía Foucalt respecto a los viejos métodos criminales en Europa: “El cuerpo supliciado se inscribe, en primer lugar, en el ceremonial judicial que debe exhibir, a la luz del día, la verdad del crimen[6]”. El narcotráfico se ha empeñado en salir y mostrarse. En lugar del silencio de la corrupción; la visibilidad de su métodos; ya no trabajar entre ruidos lejanos pero en la consumación del estallido. “De hecho lo que hasta entonces había mantenido esta práctica de los suplicios no era sin embargo una economía del ejemplo, en el sentido en que habría de entenderse en la época de los ideólogos (que la representación de la pena prevalezca sobre el interés del crimen), sino una política del terror.[7]” Esa representación que simboliza la cabeza separada del cuerpo es la última y más extrema manifestación de lo guillotinado, de lo que ya no hace sentido y cuya única dependencia asequible está en lo absurdo de su propuesta. El cuerpo que recibe el golpe es el final de un ciclo que se restituye: una economía que no proporciona a sus habitantes los mínimos necesarios para no caer en el crimen; una cultura acostumbrada a solapar la ignorancia; los motivos de una sociedad que oculta su desmembramiento. El zombi social que vomita a sus propios vivos para convertirlos en un estado de alucinación constante, en donde la diversión casi infantil por la muerte le abre paso a la indiferencia por la vida. Los cuerpos tirados en vías públicas no buscan aterrorizar a la población ni a las autoridades, sino autoafirmar el poder de quien lo hace. El narcotráfico jamás ha pretendido atacar directamente al Estado porque sus métodos confiscatorios de voluntades sirven mejor en el silencio. “En los últimos veinte años, el uso de los cuerpos como mensajes se incrementó conforme las actividades de los traficantes de droga se volvieron públicas. Antes su tarea era silenciosa y obscura”[8]. El espacio que los medios de comunicación le han dado a la cobertura del narcotráfico ha satisfecho los deseos de unos cuantos innombrables. De ahí las cabezas cortadas: espacios de santificación territorial, orines mediáticos que buscan demarcar lugares, focos de advertencia que quieren repartir mensajes.

El sicario es puro ego, pura materia que se enorgullece de lo que es al grado de saberse tan vulnerable como ciego: caerá tarde o temprano. La soberbia del sicario se desfasa en dos ciclos distintos pero complementarios: la heroicidad macabra de su acto y la certeza de su propia muerte. La primera lo contiene al grado de saciarlo, la segunda lo limita al grado de transgredirlo. Porque la cabeza cortada representa también su propio futuro. Su víctima no es su víctima sino su espejo, acaso su escape, su mejor alternativa: una muerte rápida, cometida por un experto, aséptica, incolora y sin replanteamientos. Un machetazo seco, sin prejuicios o despedidas; el filo al borde de la piel, una obra de arte conseguida desde lo siniestro: la génesis de la violencia traspasada al verdugo.

El espiral combativo del sicario funciona mejor en la inconsciencia. Un lugar abstraído de todo, en donde el corte de una cabeza no es más que una descripción de su trabajo. Estamos también frente a una cultura de lo faraónico envuelta en paños de sangre: “Dichos corridos son el complemento de una fenomenología mercantil que refleja el placer, lo ostentoso y la virilidad hasta elevarlos a estereotipos , donde relumbra el anhelo de la ganancia babilónica en los ilícito y la astucia, la ropa de marca (como la firma Versace), las chamarras de visión, las cadenas de oro en el cuello, las flotillas de automóviles de lujo (el Ford Grand Marquis o las vagonetas Suburban)[9]”. Es decir: el narcotráfico y el narcocorrido traen aparejados conceptos simbólicos que crean y matizan su propio territorio, que va desde la demostración fantástica de detalles inverosímiles en sus armas de fuego, hasta los lujos con que pintan sus propias leyendas. La cultura del narcotráfico demanda un tiempo de adoración. Ciertas figuras insignes del crimen han quedado en el altar del tiempo. A eso aspira el sicario. La escalera puede ser fácil pero los peldaños inestables. El mercado del Buchanans, de las morritas, de la troca, de la seducción por las llantas cromadas y el escape potente son los cuadros demarcados de su totalidad. Las canciones que se refieren a poderosos narcotraficantes son esculturas musicales que sostienen el prestigio del que aparece en él, en donde lo importante no es la duración del corrido, las rimas, el buen aspecto instrumental de la canción o las frases usadas, sino en cómo se cuentan las hazañas que reafirman el poderío armamentista, legendario, o machista del narcotraficante. “Escucharlos (refiriéndose a los narcocorridos) da supremacía y poder, porque hablan de tener trocas perronas y viejas de a montón…”[10], dice un joven estudiante de Durango.

Hay un ensanchamiento de la presencia del narcotráfico en el país. Son preocupantes las balas que tocan los cuerpos pero aún más las mentes que contaminan. La sucesión de las generaciones de sicarios suponen escuelas, y la creación de escuelas suponen alumnos. Esto va más allá de un problema de Estado: es una red de modos de vida.

Sergio González Rodríguez demuestra que se puede acceder a la violencia a través de la evocación nostálgica de lo que algún día fue: Acapulco ya no es el paraíso de las olas ni del cielo azul pero el del motín de la sangre. Michoacán ha dejado de ser un estado tranquilo para convertirse en la matriz criminal cuyo cordón umbilical se alimenta de la orografía y la geografía del estado. Las sombras que se ciernen sobre los territorios parecen ubicuas. El ciclo de vida de lo umbrío lo explica Eduardo Guerrero Gutiérrez en un ensayo publicado en la revista Nexos:

  1. Fase uno: Batalla contra organizaciones para abrirse espacio.
  2. Fase dos: Batalla para “limpiar” la nueva plaza del “bajo crimen” (e.g. asalto) y del alto crimen (e.g. secuestro)
  3. Fase tres: Batalla contra extorsionadores piratas (se hacen pasar como miembros de la organización dominante).
  4. Fase cuatro: Batalla contra gobierno u otras organizaciones: eliminación y detención de directivos.
  5. Fase cinco: Batalla por la sucesión de directivos. Batalla contra “soplones”. Batalla contra enemigos externos[11].

Estas son los cinco guiños por el que el sicario tiene que pasar si aspira a convertirse en alguien. La cultura del ninguneo provoca la creación de estas actitudes cuyos depósitos son el resentimiento y la premura por el triunfo. Igual actitud que en el decapitado: la rapidez del corte, la sangre que mana y se pierde rápido en la selva o en el asfalto, el orgasmo desprevenido de un ritual sanguinario, la tarea concluida del criminal. La aspiración monetaria ha orillado al sicario a un temperamento fálico y viril. El matón es el punto y aparte en el jardín de nuestras efigies. Nos contemplan en silencio bajo un pasado inescrutable: a pesar del espectro de su muerte y la violencia desmedida, lo que quiere el sicario a fin de cuentas es un mauselo para su eternidad, morar en la memoria de los otros, acostumbrarlos a su presencia: decapitarlos, aunque ya no esté.

Guillermo Fajardo Sotelo. @bosh_89
Estudiante de Derecho en el ITAM.


[1] Curcó, Felipe, Dos ensayos críticos sobre la política de combate al crimen organizado 2006-2010, Ediciones Coyoacan, México, 2010, p. 7.

[2] Fernández Gonzalo Jorge, Filosofía Zombi, Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, p. 85

[3] Ibídem, p. 86

[4] González Rodríguez Sergio, Huesos en el desierto, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006, p. 258.

[5] González Rodríguez Sergio, El hombre sin cabeza, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006, p. 58.

[6] Foucault, Michel, Vigilar y Castigar, Siglo Veintiuno Editores, 2010, Argentina, p. 44.

[7] Ibídem, p. 60.

[8] González Rodríguez Sergio, El hombre sin cabeza, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006, p. 22.

[9] González Rodríguez Sergio, Huesos en el desierto, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006, p. 84.

[10] Nota de El Universal del 1/03/09, revisada el 23 de mayo a las 8:50 p.m. http://www.eluniversal.com.mx/estados/71011.html

[11] Eduardo Guerrero Gutiérrez, Como reducir la violencia, Revista Nexos, México, 2010, p. 29.

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